Cuarenta y dos años después de escrito este libro, y a los treinta y cuatro de su segunda edición, se publica ahora
en una tercera. Ni "corregida y aumentada" como es de uso, ésta reproduce cabalmente el contexto de las dos precedentes a
fin de mantener auténtico su valor documental.
El lector del presente trabajo habrá de evaluarlo a la luz del acontecer histórico, especialmente americano, en el
lapso transcurrido desde 1928. Consideración de perspectiva sin duda pertinente para una justa apreciación de sus enfoques
y planteamientos. Los cuales en su esencia ratifico, habida cuenta, claro está del espacio y el tiempo en que fueron formulados.
De los grandes sucesos acaecidos en los cuatro últimos decenios, el mayor ha sido la segunda gran guerra que conflagró
al mundo de 1939 a 1945. Acerca de su posibilidad e inminencia se escribió previsiblemente en el Capítulo V de este libro
que "no ha de ser un acontecimiento que pueda sorprendernos"[1]. Ello no obstante, lo que sí debe considerarse como un carácter inesperado de aquel
terrible conflicto universal, es el movimiento político que le dio origen y la ideología racista del nuevo tipo de imperialismo,
que promovió el insólito y veloz surgimiento y prepotencia del Partido Nacional Socialista alemán acaudillado por Hitler.
"Cuando
un imperialismo adopta como ideario las diferencias raciales, proclama que los hombres son superiores o inferiores según la
sangre que llevan en sus venas y el color de su piel, entonces los pueblos que no pertenecen a la raza escogida y destinada
al dominio del mundo deben temer dos veces la victoria de aquel imperialismo. Porque no sólo trae la hegemonía económica,
la explotación y sojuzgamiento de los pueblos por razón de su pobreza o debilidad, sino el derecho de esclavizarlos porque
son racialmente "inferiores". Y ésa es la esencia de la filosofía nazi-fascista que entraña la lucha de razas"[2].
Con el súbito advenimiento y veloz predominancia del Nazismo, que proclamaba el derecho de señorío de la raza ario-germana,
sobre las demás de la humanidad, apareció aquel nuevo cariz agresivo del desafío imperialista y una suplantación xenófoba
de la lucha de clases por la lucha de razas. Que en cuanto atañe a Indoamérica, la condenación por el dogma racista hitleriano
de nuestro mestizaje resalta paladina en las páginas de "Mein Kampf":
"Norteamérica, cuya población consiste en su mayor parte de elementos germánicos
que se mezclan muy poco con las razas inferiores de color, ostenta un tipo humano y una cultura diferente de aquellas de Centro
y Sud-América donde principalmente los inmigrantes latinos se han mezclado con los aborígenes en gran escala. Por este solo
ejemplo se puede reconocer clara y distintamente la influencia de la mezcla de razas: La ario-germánica del continente norteamericano,
que se conserva pura y menos mezclada, ha llegado a ser la dominadora de aquel hemisferio y permanecerá como tal hasta que
él también sea víctima de la vergüenza de la mezcla de sangre"[3].
El Nacional Socialismo, tal lo remarca el profesor de Oxford Alan Bullock, -acaso el mejor biógrafo y analista contemporáneo
de Hitler y su ideología- "exaltó constantemente a la fuerza sobre el poder de las ideas". Y "el solo tema de la revolución
nazi fue el de la dominación revestido con la doctrina de la raza"[4]. "Hitler proclamaba que en la lucha por la existencia, la idea de raza, según la mitología
nazi, cumple el rol de la clase en la concepción marxista"[5]. "Lo que vemos ante nosotros -escribe en Mein
Kampf- como obra de la cultura humana hoy día, en arte, ciencia y técnica, es casi exclusivamente el producto creador
del hombre de la raza Aria"[6]. Hitler lo llamaba el "Prometeo de la humanidad" y dice que si se le excluyera de ella
"una profunda oscuridad caería otra vez sobre la tierra y quizá por miles de años la cultura humana perecería y el mundo se
transformaría en un desierto"[7]. De sus reveladoras conversaciones con el Führer
nazi, Hermann Rauschning, -ex-gauleiter de Dantzig- en el conocido libro Hitler Speaks que las relata, y que el profesor Bullock, frecuentemente cita, manifiéstase
patente la teoría racista del llamado Herrenvolk en la ideología hitleriana:
"La
idea de la nación ha sido vaciada de toda substancia. Debí utilizarla, al principio, por razones de oportunismo histórico.
Mas ya, en ese momento yo sabía perfectamente que no podía tener más que un valor transitorio. Dejad la Nación a los demócratas
y a los liberales. La substituiremos por un principio nuevo: el de la raza Ya no se tratará de competencia de naciones sino
de lucha de razas Sólo sobrevivirá la raza más viril y empedernida. Y el mundo tendrá otra cara. Día llegará en que podremos
entrar en alianza con los nuevos amos de Inglaterra, de Francia y de América. Más deberán primero integrarse a nuestro sistema
En ese momento no quedará ya gran cosa, incluso en nuestra tierra alemana, de lo que todavía hoy llaman nacionalismo. Lo que
habrá es un acuerdo entre los hombres más fuertes de habla distinta pero todos oriundos de un mismo tronco étnico, todos miembros
de la cofradía universal de los amos y señores de la raza dominadora"[8].
El imperialismo tomaba, así, un cariz inesperado. Ni Marx ni sus epígonos y hermeneutas, -los teóricos del comunismo
ruso, frustrados profetas éstos de la clasista revolución mundial-, lo habían imaginado en sus dogmáticos itinerarios
de la reciente historia. La gran Alemania, con unos ochenta millones de habitantes, enhestaba una nueva bandera imperialista
que era el bélico emblema ario-germánico de su predominancia y agresión y proclamaba ante el mundo un programa inaudito. La
influencia y proselitismo hitlerianos penetraron contagiosamente a varios países de Europa.
Y el movimiento Nacional Socialista -ya aliado con el Fascismo italiano que fue su precursor-, conflagró en España la Guerra
Civil, sangrienta maniobra preparatoria de la más vasta y terrible que habría de estallar en Europa y proyectarse al mundo
inmediatamente después de la imposición de la dictadura militarista de Franco. De esta suerte, el movimiento Nacional Socialista
se presentó encubierto bajo invocaciones demagógicas de "revolución" y "socialismo". Mas a los pueblos racialmente calificados
como "inferiores", o "manchados con la vergüenza de la mezcla de sangres", el desafío autocrático de ese imperialismo racista
nos impuso formas repentinas de enfrentamiento y resistencia.
Los planes del Nacional Socialismo para la penetración de nuestros países indoamericanos, han sido revelados por Rauschning
en su difundido y célebre libro ya citado: "Edificaremos en el Brasil una nueva Alemania", le había dicho Hitler "a comienzos
del verano de 1933" "En el Brasil, pensaba, se hallarán reunidas todas las condiciones de una revolución capaz de transformar
en algunos años un Estado gobernado por mestizos corrompidos en un dominio germánico"[9]. Hitler según Rauschning "se interesaba por Argentina y Bolivia en primera línea. Tenía,
decía él, buenas razones para creer que el nacional-socialismo hallaría terreno favorable en aquellos países Se trataba de
ganar complicidades en todos los países a conquistar para eliminar en ellos las influencias de la América del Norte y
de los elementos españoles y portugueses". En cuanto a México, Hitler, según Rauschning, hablaba de un país digno de liberarlo
"de sus amos actuales". Y aseveraba que "Alemania sería grande y rica con sólo poner la mano sobre las minas mexicanas"[10] .
El colonialismo mental y político de Indoamérica, aludido en el Capítulo VII de este libro, se puso nuevamente de manifiesto.
Surgieron en nuestro continente facciones de remedo nazi-fascista. A despecho de los claros dictámenes condenatorios proclamados
por Hitler contra las razas mestizas que forman las mayoritarias bases étnicas de nuestros pueblos, no faltaron adeptos criollos
indoamericanos de pieles multicolores que imitaron sus posturas, vistieron sus uniformes y repitieron sus palabras de
orden. Se formaron agrupaciones con secuaces de toda procedencia clasista y racial quienes proclamaban a Hitler como su imperial
salvador. Y no tardaron en organizarse "camisas doradas" en México, "camisas verdes" en Brasil, "camisas pardas" en Bolivia
y "camisas negras" en el Perú, "nazis", "falangistas" en Chile y "descamisados" en la Argentina. Algunos gobiernos criollos,
proclives al autoritarismo, hallaron en el sistema totalitario nazi-fascista un guión y un dechado. Se redoblaron las hostilidades
contra los liberales y demócratas izquierdistas y se dio por hecha la victoria del racismo en el mundo. Los "frentes populares",
iniciados en Francia el año de 1934, con la coalición de comunistas, socialistas y radicales bajo la presidencia de León Blum
-y que habían sido la base política de la derrotada lucha republicana en España-, tuvieron también en Chile una efímera repercusión[11]. Pronto el Comunismo Internacional debió obedecer a una nueva orden de Moscú que significaba
un trastrueque radical de su política frente al nazi-fascismo. El 23 de agosto de 1939, Hitler y Stalin pactaron una virtual
alianza bajo el epígrafe de un "pacto de no agresión", suscrito en el Kremlin, con ostentoso ceremonial, por Joachim
von Ribbentrop y Viacheslav Mijáilovich Molótov[12].
"Para
los partidos comunistas, en Rusia y en Europa, especialmente en Gran Bretaña y en Francia, el cambio de frente ruso fue
una suprema prueba de disciplina. La Unión Soviética había cambiado en una noche de ser el adelantado campeón contra los agresores
alemanes, en un aliado y hasta un cómplice de Hitler. Los partidos comunistas salieron de esta prueba a pedir de boca.
Los partidos británico y francés, en particular, demostraron que ellos estaban firmemente dispuestos no solamente a anteponer
los intereses soviéticos a los de sus propios países, sino también a permanecer verdaderamente inafectados por el peligro
de vida en que sus países quedaban. Ellos denunciaron a sus gobiernos como agresores e hicieron eco a Molotov cuando éste
ridiculizó la sugerencia de que una ideología como el Nacional Socialismo podía ser destruida por la fuerza o por "una guerra
criminal sin sentido, camuflada como una lucha por la democracia"[13].
En Indoamérica el contubernio
de los corifeos nazis y comunistas se produjo velozmente en un peregrino frente de ultrancista reacción. El Aprismo hubo de
arrostrar aquella caótica amalgama de apóstatas y oportunistas que unían a los extremismos de derecha e izquierda apresuradamente
aliados. El frente de comunistas y nacional socialistas, más de una vez previsto por Hitler, según Rauschning[14], fue recibido jubilosamente por todos los partidos entonces pertenecientes a la Tercera
Internacional. Una masiva propaganda belicista y políglota impartida desde Alemania y Rusia, anunciaba que los supremos autócratas
de Berlín y Moscú, serían los amos señoreadores del mundo. Conjuntamente, además, el comunismo y el nacional socialismo
proclamaron que la nueva guerra imperialista era ya un hecho y acusaban de agresoras a las "potencias capitalistas". Alemania
invadió a Polonia el 1° de septiembre de 1939 y dos días después Gran Bretaña y Francia declararon el estado de guerra con
el país agresor[15]. En la primera etapa de este colosal conflicto se produjo el reparto de Polonia entre
los dos aliados nazi-soviéticos y la reconquista rusa de Estonia, Lituania y Latvia independizadas del imperialismo zarista
al término de la primera guerra mundial. Sucesivamente vencidas Noruega, Holanda, Dinamarca, Bélgica, Luxemburgo y Francia,
ante la complaciente neutralidad de sus partidos comunistas locales, Italia se unió a la guerra, contra Francia, el 10 de
junio de 1940, y calificó la contienda por boca de Mussolini como "la lucha revolucionaria de los pueblos proletarios contra
los capitalistas"[16].
Empero, cuando un año después,
al amanecer del 22 de junio de 1941, Hitler insólitamente traicionó a su aliado soviético y las tropas nazis invadieron de
estampida el territorio ruso, el cuadro se trastrocó por completo. Stalin, tras de unos días de estupor, debió requerir angustiosamente
ayuda a las potencias burguesas británica y norteamericana a las que tantas veces había execrado como causantes de la guerra
imperialista. Y al alinearse con ellas, el absoluto dictador de Moscú hubo de reconocer que la guerra era una lucha por la
democracia y por la libertad de todos los pueblos"[17]. Entonces los partidos comunistas renegaron de Hitler y abrazaron, sin más, la causa
de sus contendores. Al lado de las tropas imperialistas de Gran Bretaña y los Estados Unidos, y con el tempestivo y colosal
apoyo de estas potencias capitalistas, lucharon a brazo partido los ejércitos soviéticos y sus nuevos aliados hasta la total
derrota del nazi-fascismo en mayo de 1945[18].
El subitáneo y arrasador ataque aéreo japonés en Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941, y la inmediata declaración
de guerra de Estados Unidos al Japón, y de Alemania e Italia a los Estados Unidos, expandió mundialmente la conflagración
bélica y acercó más a ella a nuestra América. Una tercera reunión de ministros de Relaciones Exteriores de las repúblicas
de nuestro continente fue convocada en Río de Janeiro para enero de 1942[19]. Las dos precedentes se habían realizado, con previsor carácter consultivo, en septiembre
de 1939 en Panamá y en julio de 1940 en La Habana, al inicio de la gran contienda[20].
En la cita de Río se acordó la ruptura de relaciones con las naciones agresoras no sin tomar en cuenta que algunas
repúblicas del Caribe les habían ya declarado la guerra inmediatamente después de Pearl Harbor[21]. Fue después de la Conferencia de Yalta, en febrero de 1945, que, a exigencia de Stalin,
se acordó "aconsejar" a todos los Estados latino o indoamericanos que rompieran hostilidades con los países nazi-fascistas[22].
* * *
Otro fenómeno remarcable del acontecer mundial desde que este libro fue escrito, ha sido, sin duda, el de la transformación
de la Rusia soviética en una superpotencia industrial y militar. Y, dentro de sus indesviables lineamientos señalados por
el sistema capitalista de Estado, su indefectible evolución hacia el imperialismo como "la más alta etapa del capitalismo".
En el Capítulo III, (pág. 85 de la presente Edición en Internet, Nota de los Editores), el lector podrá releer mi opinión
sobre la realidad económica de Rusia cuando yo la visité. "Día llegara en que el socialismo impere en Rusia", escribí
entonces. "Mientras tanto ha de ser un largo proceso de capitalismo de Estado que suprima progresivamente la NEP (Nueva Política
Económica, establecida por Lenin) y cumpla la misión histórica de industrializar al país...". "La forma socialista está
aún lejana". Y tal lo subrayo en la nota preliminar de la primera edición: "desde el punto de vista de las relaciones internacionales
económicas y políticas, el estado soviético se halla obligado a convivir con el mundo social que creyó derribar formando parte
del engranaje capitalista que proclama suprimir"[23]. Pero es más: Rusia bajo el sistema capitalista estatal se ha industrializado velozmente
y ha llegado "a la superior etapa del capitalismo" que es la imperialista. Vale decir ha regresionado políticamente a la misma
fisonomía imperial que John Atkinson Hobson describe en su libro clásico -Imperialism,
A Study- de 1902:
"Rusia,
-escribió Hobson hace 68 años- el único país activamente expansionista del Norte, se mantuvo solo en el carácter de su
crecimiento imperial; el cual difiere de otros imperialismos en que es principalmente asiático en sus realizaciones, y ha
procedido por expansión directa de sus fronteras, apoderándose de una extensión más vasta que en los otros casos de una política
colonial regular de dominios territoriales para propósitos de agricultura e industria"[24].
Si el lector revisa el libro de Lenin El Imperialismo Etapa Superior del Capitalismo,
escrito en 1916[25], cuya edición príncipe apareció antes de la revolución bolchevique en Petrogrado, el
26 de abril de 1917, verá cómo el autor define la expansión imperialista rusa: "Finlandia, Polonia, Curlandia, Ukrania,
Jiva, Bujara y otros pueblos no rusos del imperio zarista"[26], son mencionados en su condición de dominios coloniales. De ellos, solamente Finlandia,
sin Viborg, no se hallan hoy bajo la anexión o inmediato control soviético. El neo-imperialismo ruso que, según escribía Hobson
en 1902 "fue principalmente asiático", se ha mantenido en esa orientación perieca por la directa expansión imperial de sus
fronteras que vertebra "el gran ferrocarril transiberiano, obra iniciada en 1891 e inaugurada en 1905"[27]. Más no solamente extendido hacia el Este, sino después de la Segunda Guerra también
hacia Europa. Pues si Estonia, Lituania, Curlandia o Latvia, han vuelto a ser colonias rusas, Polonia, Bulgaria, Hungría,
Rumania y Checoslovaquia, con parte de Alemania se hallan bajo su predominancia. La sentencia de Lenin: "Rusia ha batido el
récord mundial de la opresión zarista de nacionalidades" es tan aplicable al imperio ruso de hoy como al de los zares de ayer[28].
Importa sumarizar aquí los hechos resaltantes de este proceso que no llegaron a abarcar en sus enfoques los capítulos
del presente trabajo escritos en 1928.
La URSS, superpotencia contemporánea del capitalismo de Estado, ha cumplido aceleradamente su etapa de industrialización.
Se ha emancipado del imperialismo capitalista extranjero, pero ha acumulado ingentes capitales que en parte necesita reinvertir,
y ha producido más mercancías de las que sus vastos mercados internos podían absorber. Consecuentemente, han debido poner
en práctica una dinámica política comercial y financiera expansionista de conquistas de mercados e inversiones de
capitales allende sus fronteras. No le han bastado las inmensas áreas geográficas y las grandes poblaciones que desde la época
del zarismo ha mantenido bajo su señorío. Después de la segunda guerra mundial, ha acrecentado sus territorios y sus esferas
de influencia al igual de los imperialismos que con "la exportación de capital adquieren un desarrollo inmenso desde principios
del siglo XX", según lo describe y denuncia Lenin en su conocido libro:[29]
"El
capitalismo es la producción de mercancías en el grado más elevado de su desarrollo, cuando incluso la mano de obra se convierte
en mercancía". "Mientras el capitalismo es capitalismo, el exceso de capital no se consagra a la elevación del nivel
de existencia de las masas en cada país, pues esto significaría la disminución de los beneficios de los capitalistas, sino
al acrecentamiento de estos beneficios mediante la exportación de capital al extranjero, a los países atrasados.
En dichos países atrasados el beneficio es extraordinariamente elevado, pues los capitales son escasos, el precio de la tierra
poco considerable, los salarios son bajos, las materias primas baratas"[30]. Así, "la exportación de capital se convierte en un medio de estimular la exportación
de mercancías al extranjero"[31].
Todas las precedentes definiciones de Lenin, en su libro de análisis y glosa de la obra fundamental de Hobson, sobre
el imperialismo, se han reproducido ya en la etapa culminante del proceso de superdesarrollo industrial post-revolucionario
ruso bajo la égida del capitalismo de Estado, del cual el mismo Lenin escribió en 1918, que "constituiría un progreso con
relación al estado de cosas de nuestra revolución". Y del que con iluso optimismo, en cuanto a los plazos entonces prefijados,
vaticinó que, "si por ejemplo tuviéramos establecido aquí en seis meses el capitalismo de Estado, esto sería un éxito enorme
y la mejor garantía de que en un año tendríamos en Rusia el socialismo definitivamente consolidado e invencible":[32]
"Porque
el socialismo en efecto no es más que la etapa que sigue al monopolio capitalista de Estado". Y "el monopolio capitalista
estatal representa la más perfecta preparación material del socialismo; es el último peldaño de la escalera que conduce al
socialismo"[33].
Lenin equivocó completamente los plazos de la duración del tránsito entre "el comunismo de guerra" y el socialismo,
según él mismo lo confiesa.[34] No previó que los "seis meses" imaginados por él como término del cabal advenimiento
del socialismo en Rusia, sobrepasarían el medio siglo. Ni que aún hoy mismo no solamente se han restaurado y prevalecen las
normas económicas del sistema capitalista estatal en la Unión Soviética, sino que debido a ellas su gran desenvolvimiento
industrial ha culminado en la superior y "más alta etapa" del capitalismo que es la imperialista.
Engels había definido a la esclavitud como una forma dominante de producción que superó a la del estado comunal primitivo,
y subrayó que "sólo, la esclavitud hizo posible la división del trabajo entre la agricultura y la industria en vasta escala
y de ahí la expansión del mundo antiguo, el helénico".[35] Lenin, al seguir este enfoque dialéctico, describe al capitalismo como "un mal con relación
al socialismo" pero como "un bien con relación al régimen feudal; a la pequeña producción, a la deformación burocrática que
resulta de la dispersión de los pequeños productores".[36] Y prosiguiendo con su argumentación en defensa del capitalismo de Estado decía
a los comunistas rusos en 1921:
"Desde
el momento en que somos incapaces de pasar inmediatamente de la pequeña producción al socialismo, el capitalismo es inevitable
como producto natural de la pequeña producción y del cambio y debemos utilizar este capitalismo -en particular dirigiéndole
en el sentido del capitalismo de Estado- como un eslabón intermedio entre la pequeña producción y el socialismo".[37]
Este capitalismo de Estado significa, según Lenin, hacer concesiones al capital privado[38] no solamente ruso sino también extranjero. Y al advertir cómo "se comete una porción de errores comparando al capitalismo de Estado y el socialismo",[39] reitera que:
"Implantando
el capitalismo de Estado en forma de concesiones, el poder de los Soviets refuerza la gran producción contra la pequeña, el
elemento progresivo contra el reaccionario, la máquina contra el brazo, aumenta la suma de productos de la gran industria
de que dispone -retención proporcional- y fortifica el orden económico gubernamental en oposición a la anarquía pequeño burguesa".
"Esta política de las concesiones, dirigida con la medida y la prudencia necesarias,
contribuiría, sin duda alguna, a mejorar rápidamente -hasta cierto punto poco considerable- el estado de la producción
y la suerte de los obreros y campesinos a costa, naturalmente, de ciertos sacrificios, entregando al capitalismo decenas y
decenas de millones de puds de nuestros más valiosos productos"[40] Las concesiones son seguramente la forma más simple, más clara, más exactamente definida,
revestida por el capitalismo de Estado en el interior del sistema sovietista. Tenemos aquí un contrato escrito y formal con
el capitalismo occidental más culto y más desarrollado".[41]
Ya adelante, en el mismo libro y capítulo, Lenin agrega: "La política de concesiones, en caso de éxito, nos dará un
pequeño número de grandes empresas ejemplares, con relación a las nuestras, al nivel del capitalismo contemporáneo más avanzado.
Al final de algunas decenas de años -remarca-, estas empresas pasarán enteramente
a nuestras manos"...[42] Así "el Estado da en arriendo a un empresario capitalista cierto establecimiento, explotación,
bosque virgen, territorio agrícola, etc., que le pertenece. El contrato de arrendamiento es semejante a los contratos de concesiones".
Porque "el concesionario es muy fácil de vigilar pero el cooperador muy difícil".[43] Y en cuanto al trato con el capitalismo nacional o extranjero, Lenin en su discurso
del 17 de octubre de 1921, ante el Congreso de Educación Política celebrado en Moscú, cuyo contexto aparece en su citado libro
El Capitalismo de Estado y el Impuesto en Especies, dijo lo siguiente:
"Tomad
la dirección económica. Los capitalistas trabajarán a nuestro lado; a vuestro lado estarán también los capitalistas extranjeros,
los concesionarios, los arrendadores. Ganarán beneficios de muchos cientos por ciento, enriquecerán a vuestro lado.
Que se enriquezcan, no importa. Pero vosotros aprenderéis de ellos el arte de administrar la economía nacional y solamente
entonces sabréis crear la república comunista. Es necesario aprender enseguida; todo aplazamiento sería un enorme crimen.
Es necesario estudiar esta ciencia. Esta ciencia dura y severa, algunas veces cruel, porque no hay otra solución".[44]
Cuando después de la muerte de Lenin, Stalin ávido de poder desencadenó su implacable tiranía contra "la oposición",
hasta exterminar sangrientamente a tantos de los principales protagonistas de la insurrección y triunfo de 1917, las tesis
leninistas sobre el Capitalismo de Estado y el Impuesto en Especies fueron teóricamente
revisadas y contradichas. Stalin, el nuevo asiático "Genghis Khan", -como una de sus víctimas, Nicolás Bukharin, lo llamara-,[45] escribió el 25 de enero de 1926, que en 1921:
"Cuando
Lenin concebía el capitalismo de Estado, como la forma fundamental posible de nuestra actividad económica, ésta era suficiente
y satisfactoria".[46] "Pero hoy ese modo de tratar el asunto ya no basta y está superado por la historia, pues
de entonces a aquí los tiempos han cambiado: la industria socialista se ha desarrollado en nuestro país, el capitalismo de Estado ha echado raíces en la medida apetecida y la cooperación que abarca actualmente más de
una decena de millones de miembros ha comenzado a vincularse ya a la industria socialista".[47]
Y aquí se apoyó otra de
las rectificaciones del "estalinismo" a los dictámenes leninistas sobre el capitalismo de Estado para suplantarlos con la
fórmula de "el triunfo del socialismo en un solo país".[48] Ya desde su polémica con Trotsky en 1924, al rechazar el enunciado de "la revolución
permanente" como "una variante del menchevismo"[49] -o como "la desesperación permanente"-,[50] Stalin esgrimió la tesis de que no era necesario "el apoyo estatal directo del proletariado
europeo para mantenerse en el poder", tal lo preconizaba el planteamiento trotskista.[51] En 1929, año llamado por él "del gran viraje",[52] Stalin declaró: "Marchamos a todo vapor por el camino de la industrialización hacia el
socialismo dejando a la zaga el atraso secular de la vieja Rusia".[53] Así, siempre invocando a su placer y conveniencia a Lenin, Stalin dejó atrás la concepción
leninista del capitalismo de Estado. En 1933 había hecho el balance del primer "plan quinquenal"[54] y en 1936 exaltó la nueva Constitución de la URSS en un discurso que revisa el cuadro
de la economía soviética desde la abolida NEP leninista hasta la revisada por él, en la cual, según su decir, "la explotación
del hombre por el hombre ha sido suprimida".[55]
Fue entonces cuando Stalin desafió "la ola fangosa del fascismo que vomita sobre el movimiento socialista de la clase
obrera y pisotea en el lodo de las aspiraciones democráticas los mejores hombres del mundo" (sic).[56]
Pero tres años después -como ya se ha referido- se celebraba en Moscú la alianza nazi-soviética, después del lapso
de las sangrientas "purgas", de los años treintas, que ejecutaron a millones de kulaks
y a todos los dirigentes de la oposición anti-estaliniana, cuya dramática denuncia ha dirigido al mundo el sabio soviético
Andréi D. Sakharov, llamado "el padre
de la bomba de hidrógeno".[57] A aquel pacto claudicante siguió -repitámoslo- el que enfiló en un mismo frente vencedor a Rusia con el Imperio Británico
y los Estados Unidos. Cuando Stalin hubo de transar con la Iglesia Ortodoxa rusa y disolver la III Internacional aferrándose
a un exaltado nacionalismo eslavo de "defensa de la patria".[58]
A la muerte del tirano, en marzo de 1953, "los amos interinos fueron reemplazados... pero el régimen anti-pueblo de
Stalin quedó igualmente cruel y al mismo tiempo dogmáticamente estrecho y ciego en su crueldad", comenta Sakharov.[59] En el XX Congreso del Partido Comunista Ruso -14 al 25 de febrero de 1956- Nikita Khruschev,
uno de los adláteres de Stalin, en un sensacional informe, cuyo íntegro contexto nunca ha sido revelado, denunció algunas
de las atrocidades cometidas por el déspota georgiano "quien se creyó un super-hombre en posesión de dotes soberanas similares
a las de un dios".[60]
Las revelaciones de Khruschev, a despecho de que por su carácter "secreto" sólo fueron fragmentariamente publicadas,
acusaban a Stalin:
"De
haber violado brutalmente" los principios de Lenin sobre 'centralismo democrático' y 'dirección colegiada'. Lo responsabilizaban
"de haber postergado durante 13 años la reunión de los congresos comunistas rusos, entre el XVIII, de marzo de 1939,
al XIX, de octubre de 1952: de haber ejercido represiones en masa contra la mayoría de los miembros del comité central; de
haber arrestado y fusilado al 70% de los miembros y candidatos elegidos miembros del comité central y del partido en el XVII
congreso con procesos 'manipulados' y 'confesiones arrancadas por la violencia'. 'Camaradas de probada fidelidad fueron
bárbaramente ejecutados'. Se instauró la tortura: 'Casos clamorosos fueron inventados con pruebas falsificadas y basta
decir que desde 1954 la Corte Suprema ha rehabilitado a 7,679 personas pero en gran parte se trata de rehabilitaciones
póstumas".[61]
En este impresionante discurso de Khruschev, calificado benignamente por el oficialismo comunista "la tesis contra
el culto de la personalidad", o del individuo,[62] quedaron demostrados:
"el
inhumano carácter del estalinismo, las represiones de los prisioneros de guerra que sobrevivieron en los campos de concentración
fascistas y fueron después lanzados a los campos de concentración estalinistas; el criminal exilio de pueblos enteros condenados
a una muerte lenta y la tenebrosa y zoológica clase de anti-semitismo que fue característica de la burocracia estalinista
y de la N.K.V.D. -de Stalin personalmente-, por la "ukranofobia" característica de Stalin y las leyes draconianas para
la protección de la propiedad socialista -que condena a cinco años de prisión el robo de un poco de grano en los campos-,
tal escribe el eminente científico soviético Sakharov.[63] Quien se declara obligado "a valorar altamente el histórico papel de Khruschev a
despecho de sus lamentables errores en los años subsecuentes y del hecho de que Khruschev mientras Stalin vivió fue uno de
sus colaboradores en el crimen y ocupó numerosos puestos influyentes".[64]
Las denuncias del XX Congreso de 1956, repercutieron devastadoramente entre los partidarios del comunismo internacional,
originando divisiones y disputas que han deteriorado irremediablemente su unidad. Pero fueron coevas de la nueva política
preconizada por Khruschev, portavoz de la "coexistencia pacífica con el mundo del capitalismo occidental". La Rusia de postguerra,
ya como una superpotencia más del grupo mayor de los países desarrollados de la era atómica, coexiste, negocia, comercia y
transa políticamente con los del orbe burgués.[65] La revolución castrista de Cuba, iniciada como movimiento democrático, "que ha
terminado entregándose al dominio dictatorial totalitario de Moscú", marca el primer paso concreto de la avanzada imperialista
rusa en Indoamérica con la implantación de un protectorado soviético en nuestro hemisferio. A tiempo que los enconados antagonismos
ideológicos de los dictadores soviéticos con la China revolucionaria -ésta también en el camino de la utilización bélica de
la energía nuclear- a quienes ahora acusa de "revisionistas" copartícipes del imperialismo occidental y de proditores del
marxismo canónico, abre grandes interrogantes al futuro de la problemática internacional.
Desprendida, empero, de la triada doctrinaria soviética -marxismo, leninismo, estalinismo- la parte que en ella impuso
Stalin carismáticamente con su nombre, Rusia ha reivindicado la forma originaria superior del capitalismo de Estado, en su
categoría y dimensión actual, de auténtica y escueta doctrina leninista.
De esta suerte la acelerada industrialización estatal ha llevado a la Unión Soviética a "la etapa superior del capitalismo"
que es la misma fase imperialista, descrita por Lenin, en su análisis de la obra de Hobson, y que fue llamada por Rosa
Luxemburgo su "etapa final".