Nota a la Tercera Edición
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Equipo de Trabajo de la Edición en Internet
Índice
Portada de la edición original
Nota de la Editorial Ercilla a la Primera Edición
Nota de la Editorial Ercilla a la Segunda Edición
Portada
Dedicatoria
Mención Fraternal
Nota Preliminar a la Primera Edición
Nota a la Segunda Edición
Nota a la Tercera Edición
Nota a la Cuarta Edición
Nota a la Quinta Edición
I. ¿Qué es el APRA?
II. El APRA como Partido
III. Qué Clase de Partido y Partido de qué Clase es el APRA
IV. El APRA como un solo Partido
V. El Frente Único del APRA y sus Aliados
VI. La Tarea Histórica del APRA
VII. El Estado Antimperialista
VIII. Organización del Nuevo Estado
IX. Realidad Económico-Social
X. ¿Plan de Acción?
Apéndice. Art. 27 y 123 de la Constitución de México del 31 de enero de 1917

Cuarenta y dos años después de escrito este libro, y a los treinta y cuatro de su segunda edición, se publica ahora en una tercera. Ni "corregida y aumentada" como es de uso, ésta reproduce cabalmente el contexto de las dos precedentes a fin de mantener auténtico su valor documental.

 

El lector del presente trabajo habrá de evaluarlo a la luz del acontecer histórico, especialmente americano, en el lapso transcurrido desde 1928. Consideración de perspectiva sin duda pertinente para una justa apreciación de sus enfoques y planteamientos. Los cuales en su esencia ratifico, habida cuenta, claro está del espacio y el tiempo en que fueron formulados.

 

De los grandes sucesos acaecidos en los cuatro últimos decenios, el mayor ha sido la segunda gran guerra que conflagró al mundo de 1939 a 1945. Acerca de su posibilidad e inminencia se escribió previsiblemente en el Capítulo V de este libro que "no ha de ser un acontecimiento que pueda sorprendernos"[1]. Ello no obstante, lo que sí debe considerarse como un carácter inesperado de aquel terrible conflicto universal, es el movimiento político que le dio origen y la ideología racista del nuevo tipo de imperialismo, que promovió el insólito y veloz surgimiento y prepotencia del Partido Nacional Socialista alemán acaudillado por Hitler.

 

"Cuando un imperialismo adopta como ideario las diferencias raciales, proclama que los hombres son superiores o inferiores según la sangre que llevan en sus venas y el color de su piel, entonces los pueblos que no pertenecen a la raza escogida y destinada al dominio del mundo deben temer dos veces la victoria de aquel imperialismo. Porque no sólo trae la hegemonía económica, la explotación y sojuzga­miento de los pueblos por razón de su pobreza o debilidad, sino el derecho de esclavizarlos porque son racialmente "inferiores". Y ésa es la esencia de la filosofía nazi-fascista que entraña la lucha de razas"[2].

 

Con el súbito advenimiento y veloz predominancia del Nazismo, que proclamaba el derecho de señorío de la raza ario-germana, sobre las demás de la humanidad, apareció aquel nuevo cariz agresivo del desafío imperialista y una suplantación xenófoba de la lucha de clases por la lucha de razas. Que en cuanto atañe a Indoamérica, la condenación por el dogma racista hitleriano de nuestro mestizaje resalta paladina en las páginas de "Mein Kampf":

"Norteamérica, cuya población consiste en su mayor parte de elementos germánicos que se mezclan muy poco con las razas inferiores de color, ostenta un tipo humano y una cultura diferente de aquellas de Centro y Sud-América donde principalmente los inmigrantes latinos se han mezclado con los aborígenes en gran escala. Por este solo ejemplo se puede reconocer clara y distintamente la influencia de la mezcla de razas: La ario-germánica del continente norteamericano, que se conserva pura y menos mezclada, ha llegado a ser la dominadora de aquel hemisferio y permanecerá como tal hasta que él también sea víctima de la vergüenza de la mezcla de sangre"[3].

 

El Nacional Socialismo, tal lo remarca el profesor de Oxford Alan Bullock, -acaso el mejor biógrafo y analista contem­poráneo de Hitler y su ideología- "exaltó constantemente a la fuerza sobre el poder de las ideas". Y "el solo tema de la revolución nazi fue el de la dominación revestido con la doctrina de la raza"[4]. "Hitler proclamaba que en la lucha por la existencia, la idea de raza, según la mitología nazi, cumple el rol de la clase en la concepción marxista"[5]. "Lo que vemos ante nosotros -escribe en Mein Kampf- como obra de la cultura humana hoy día, en arte, ciencia y técnica, es casi exclusivamente el producto creador del hombre de la raza Aria"[6]. Hitler lo llamaba el "Prometeo de la humanidad" y dice que si se le excluyera de ella "una profunda oscuridad caería otra vez sobre la tierra y quizá por miles de años la cultura humana perecería y el mundo se transformaría en un desierto"[7]. De sus reveladoras conversaciones con el Führer nazi, Hermann Rauschning, -ex-gauleiter de Dantzig- en el conocido libro Hitler Speaks que las relata, y que el profesor Bullock, frecuentemente cita, manifiéstase patente la teoría racista del llamado Herrenvolk en la ideología hitleriana:

 

"La idea de la nación ha sido vaciada de toda substancia. Debí utilizarla, al principio, por razones de oportunismo histórico. Mas ya, en ese momento yo sabía perfectamente que no podía tener más que un valor transitorio. Dejad la Nación a los demócra­tas y a los liberales. La substituiremos por un principio nuevo: el de la raza Ya no se tratará de competencia de naciones sino de lucha de razas Sólo sobrevivirá la raza más viril y empedernida. Y el mundo tendrá otra cara. Día llegará en que podre­mos entrar en alianza con los nuevos amos de Inglaterra, de Francia y de América. Más deberán primero integrarse a nuestro sistema En ese momento no quedará ya gran cosa, incluso en nuestra tierra alemana, de lo que todavía hoy llaman nacionalismo. Lo que habrá es un acuerdo entre los hombres más fuertes de habla distinta pero todos oriundos de un mismo tronco étnico, todos miem­bros de la cofradía universal de los amos y señores de la raza dominadora"[8].

El imperialismo tomaba, así, un cariz inesperado. Ni Marx ni sus epígonos y hermeneutas, -los teóricos del comunismo ruso, frustrados profetas éstos de la clasista revolución mundial-, lo habían imaginado en sus dogmáticos itinera­rios de la reciente historia. La gran Alemania, con unos ochenta millones de habitantes, enhestaba una nueva bande­ra imperialista que era el bélico emblema ario-germánico de su predominancia y agresión y proclamaba ante el mundo un programa inaudito. La influencia y proselitismo hitleria­nos penetraron contagiosamente a varios países de Europa. Y el movimiento Nacional Socialista -ya aliado con el Fascismo italiano que fue su precursor-, conflagró en España la Guerra Civil, sangrienta maniobra preparatoria de la más vasta y terrible que habría de estallar en Europa y proyectarse al mundo inmediatamente después de la imposición de la dictadura militarista de Franco. De esta suerte, el movimiento Nacional Socialista se presentó encubierto bajo invocaciones demagógicas de "revolución" y "socialismo". Mas a los pueblos racialmente calificados como "inferiores", o "manchados con la vergüenza de la mezcla de sangres", el desafío autocrático de ese imperialismo racista nos impuso formas repentinas de enfrentamiento y resistencia.

 

Los planes del Nacional Socialismo para la penetración de nuestros países indoamericanos, han sido revelados por Rauschning en su difundido y célebre libro ya citado: "Edificaremos en el Brasil una nueva Alemania", le había dicho Hitler "a comienzos del verano de 1933" "En el Brasil, pensaba, se hallarán reunidas todas las condiciones de una revolución capaz de transformar en algunos años un Estado gobernado por mestizos corrompidos en un dominio germánico"[9]. Hitler según Rauschning "se interesaba por Argentina y Bolivia en primera línea. Tenía, decía él, buenas razones para creer que el nacional-socialismo hallaría terreno favorable en aquellos países Se trataba de ganar com­plicidades en todos los países a conquistar para eliminar en ellos las influencias de la América del Norte y de los elementos españoles y portugueses". En cuanto a México, Hitler, según Rauschning, hablaba de un país digno de liberarlo "de sus amos actuales". Y aseveraba que "Alemania sería grande y rica con sólo poner la mano sobre las minas mexicanas"[10] .

 

            El colonialismo mental y político de Indoamérica, aludido en el Capítulo VII de este libro, se puso nuevamente de manifiesto. Surgieron en nuestro continente facciones de remedo nazi-fascista. A despecho de los claros dictámenes condenatorios proclamados por Hitler contra las razas mestizas que forman las mayoritarias bases étnicas de nuestros pueblos, no faltaron adeptos criollos indoameri­canos de pieles multicolores que imitaron sus posturas, vistieron sus uniformes y repitieron sus palabras de orden. Se formaron agrupaciones con secuaces de toda procedencia clasista y racial quienes proclamaban a Hitler como su imperial salvador. Y no tardaron en organizarse "camisas doradas" en México, "camisas verdes" en Brasil, "camisas pardas" en Bolivia y "camisas negras" en el Perú, "nazis", "falangistas" en Chile y "descamisados" en la Argentina. Algunos gobiernos criollos, proclives al autoritarismo, hallaron en el sistema totalitario nazi-fascista un guión y un dechado. Se redoblaron las hostilidades contra los liberales y demócratas izquierdistas y se dio por hecha la victoria del racismo en el mundo. Los "frentes populares", iniciados en Francia el año de 1934, con la coalición de comunistas, socialistas y radicales bajo la presidencia de León Blum -y que habían sido la base política de la derrotada lucha republicana en España-, tuvieron también en Chile una efímera repercusión[11]. Pronto el Comunismo Internacional debió obedecer a una nueva orden de Moscú que significaba un trastrueque radical de su política frente al nazi-fascismo. El 23 de agosto de 1939, Hitler y Stalin pactaron una virtual alianza bajo el epígrafe de un "pacto de no agresión", suscrito en el Kremlin, con ostentoso ceremo­nial, por Joachim von Ribbentrop y Viacheslav Mijáilovich Molótov[12].

 

"Para los partidos comunistas, en Rusia y en Europa, especialmente en Gran Bretaña y en Fran­cia, el cambio de frente ruso fue una suprema prueba de disciplina. La Unión Soviética había cambiado en una noche de ser el adelantado campeón contra los agresores alemanes, en un aliado y hasta un cómplice de Hitler. Los partidos comunis­tas salieron de esta prueba a pedir de boca. Los partidos británico y francés, en particular, demostra­ron que ellos estaban firmemente dispuestos no solamente a anteponer los intereses soviéticos a los de sus propios países, sino también a permanecer verdaderamente inafectados por el peligro de vida en que sus países quedaban. Ellos denunciaron a sus gobiernos como agresores e hicieron eco a Molotov cuando éste ridiculizó la sugerencia de que una ideología como el Nacional Socialismo podía ser destruida por la fuerza o por "una guerra criminal sin sentido, camuflada como una lucha por la democracia"[13].

 

            En Indoamérica el contubernio de los corifeos nazis y comunistas se produjo velozmente en un peregrino frente de ultrancista reacción. El Aprismo hubo de arrostrar aquella caótica amalgama de apóstatas y oportunistas que unían a los extremismos de derecha e izquierda apresuradamente aliados. El frente de comunistas y nacional socialistas, más de una vez previsto por Hitler, según Rauschning[14], fue recibido jubilosamente por todos los partidos entonces pertenecientes a la Tercera Internacional. Una masiva propaganda belicista y políglota impartida desde Alemania y Rusia, anunciaba que los supremos autócratas de Berlín y Moscú, serían los amos señoreadores del mundo. Conjunta­mente, además, el comunismo y el nacional socialismo proclamaron que la nueva guerra imperialista era ya un hecho y acusaban de agresoras a las "potencias capitalistas". Alemania invadió a Polonia el 1° de septiembre de 1939 y dos días después Gran Bretaña y Francia declararon el estado de guerra con el país agresor[15]. En la primera etapa de este colosal conflicto se produjo el reparto de Polonia entre los dos aliados nazi-soviéticos y la reconquista rusa de Estonia, Lituania y Latvia independizadas del imperialismo zarista al término de la primera guerra mundial. Sucesivamente vencidas Noruega, Holanda, Dinamarca, Bélgica, Luxemburgo y Francia, ante la complaciente neutralidad de sus partidos comunistas locales, Italia se unió a la guerra, contra Francia, el 10 de junio de 1940, y calificó la contienda por boca de Mussolini como "la lucha revolucionaria de los pueblos proletarios contra los capitalistas"[16].

 

            Empero, cuando un año después, al amanecer del 22 de junio de 1941, Hitler insólitamente traicionó a su aliado soviético y las tropas nazis invadieron de estampida el territorio ruso, el cuadro se trastrocó por completo. Stalin, tras de unos días de estupor, debió requerir angustiosamente ayuda a las potencias burguesas británica y norteamericana a las que tantas veces había execrado como causantes de la guerra imperialista. Y al alinearse con ellas, el absoluto dictador de Moscú hubo de reconocer que la guerra era una lucha por la democracia y por la libertad de todos los pueblos"[17]. Entonces los partidos comunistas renegaron de Hitler y abrazaron, sin más, la causa de sus contendores. Al lado de las tropas imperialistas de Gran Bretaña y los Estados Unidos, y con el tempestivo y colosal apoyo de estas potencias capitalistas, lucharon a brazo partido los ejércitos soviéticos y sus nuevos aliados hasta la total derrota del nazi-fascismo en mayo de 1945[18].

 

El subitáneo y arrasador ataque aéreo japonés en Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941, y la inmediata declaración de guerra de Estados Unidos al Japón, y de Alemania e Italia a los Estados Unidos, expandió mundial­mente la conflagración bélica y acercó más a ella a nuestra América. Una tercera reunión de ministros de Relaciones Exteriores de las repúblicas de nuestro continente fue convocada en Río de Janeiro para enero de 1942[19]. Las dos precedentes se habían realizado, con previsor carácter consultivo, en septiembre de 1939 en Panamá y en julio de 1940 en La Habana, al inicio de la gran contienda[20].

 

En la cita de Río se acordó la ruptura de relaciones con las naciones agresoras no sin tomar en cuenta que algunas repúblicas del Caribe les habían ya declarado la guerra inmediatamente después de Pearl Harbor[21]. Fue después de la Conferencia de Yalta, en febrero de 1945, que, a exigencia de Stalin, se acordó "aconsejar" a todos los Estados latino o indoamericanos que rompieran hostilida­des con los países nazi-fascistas[22].

 

*  *  *

 

Otro fenómeno remarcable del acontecer mundial desde que este libro fue escrito, ha sido, sin duda, el de la transforma­ción de la Rusia soviética en una superpotencia industrial y militar. Y, dentro de sus indesviables lineamientos señalados por el sistema capitalista de Estado, su indefectible evolución hacia el imperialismo como "la más alta etapa del capitalismo". En el Capítulo III, (pág. 85 de la presente Edición en Internet, Nota de los Editores), el lector podrá releer mi opinión sobre la realidad eco­nómica de Rusia cuando yo la visité. "Día llegara en que el socialismo impere en Rusia", escribí entonces. "Mientras tanto ha de ser un largo proceso de capitalismo de Estado que suprima progresivamente la NEP (Nueva Política Econó­mica, establecida por Lenin) y cumpla la misión histórica de industrializar al país...". "La forma socialista está aún lejana". Y tal lo subrayo en la nota preliminar de la primera edición: "desde el punto de vista de las relaciones internacionales económicas y políticas, el estado soviético se halla obligado a convivir con el mundo social que creyó derribar formando parte del engranaje capitalista que proclama suprimir"[23]. Pero es más: Rusia bajo el sistema capitalista estatal se ha industrializado velozmente y ha llegado "a la superior etapa del capitalismo" que es la imperialista. Vale decir ha regresionado políticamente a la misma fisonomía imperial que John Atkinson Hobson des­cribe en su libro clásico -Imperialism, A Study- de 1902:

 

"Rusia, -escribió Hobson hace 68 años- el único país activamente expansionista del Norte, se mantu­vo solo en el carácter de su crecimiento imperial; el cual difiere de otros imperialismos en que es principalmente asiático en sus realizaciones, y ha procedido por expansión directa de sus fronteras, apoderándose de una extensión más vasta que en los otros casos de una política colonial regular de dominios territoriales para propósitos de agricultura e industria"[24].

 

            Si el lector revisa el libro de Lenin El Imperialismo Etapa Superior del Capitalismo, escrito en 1916[25], cuya edición príncipe apareció antes de la revolución bolchevique en Petrogrado, el 26 de abril de 1917, verá cómo el autor define la expansión imperialista rusa: "Finlandia, Polonia, Curlan­dia, Ukrania, Jiva, Bujara y otros pueblos no rusos del imperio zarista"[26], son mencionados en su condición de dominios coloniales. De ellos, solamente Finlandia, sin Viborg, no se hallan hoy bajo la anexión o inmediato control soviético. El neo-imperialismo ruso que, según escribía Hobson en 1902 "fue principalmente asiático", se ha mantenido en esa orientación perieca por la directa expansión imperial de sus fronteras que vertebra "el gran ferrocarril transiberiano, obra iniciada en 1891 e inaugurada en 1905"[27]. Más no solamente extendido hacia el Este, sino después de la Segunda Guerra también hacia Europa. Pues si Estonia, Lituania, Curlandia o Latvia, han vuelto a ser colonias rusas, Polonia, Bulgaria, Hungría, Rumania y Checoslovaquia, con parte de Alemania se hallan bajo su predominancia. La sentencia de Lenin: "Rusia ha batido el récord mundial de la opresión zarista de nacionalidades" es tan aplicable al imperio ruso de hoy como al de los zares de ayer[28].

 

Importa sumarizar aquí los hechos resaltantes de este proceso que no llegaron a abarcar en sus enfoques los capítulos del presente trabajo escritos en 1928.

 

La URSS, superpotencia contemporánea del capitalismo de Estado, ha cumplido aceleradamente su etapa de industria­lización. Se ha emancipado del imperialismo capitalista extranjero, pero ha acumulado ingentes capitales que en parte necesita reinvertir, y ha producido más mercancías de las que sus vastos mercados internos podían absorber. Consecuentemente, han debido poner en práctica una dinámi­ca política comercial y financiera expansionista de conquis­tas de mercados e inversiones de capitales allende sus fronteras. No le han bastado las inmensas áreas geográficas y las grandes poblaciones que desde la época del zarismo ha mantenido bajo su señorío. Después de la segunda guerra mundial, ha acrecentado sus territorios y sus esferas de influencia al igual de los imperialismos que con "la exportación de capital adquieren un desarrollo inmenso desde principios del siglo XX", según lo describe y denuncia Lenin en su conocido libro:[29]

 

"El capitalismo es la producción de mercancías en el grado más elevado de su desarrollo, cuando incluso la mano de obra se convierte en mercancía". "Mien­tras el capitalismo es capitalismo, el exceso de capital no se consagra a la elevación del nivel de existencia de las masas en cada país, pues esto significaría la disminución de los beneficios de los capitalistas, sino al acrecentamiento de estos benefi­cios mediante la exportación de capital al extranje­ro, a los países atrasados. En dichos países atrasados el beneficio es extraordinariamente elevado, pues los capitales son escasos, el precio de la tierra poco considerable, los salarios son bajos, las materias primas baratas"[30]. Así, "la exportación de capital se convierte en un medio de estimular la exportación de mercancías al extranjero"[31].

 

Todas las precedentes definiciones de Lenin, en su libro de análisis y glosa de la obra fundamental de Hobson, sobre el imperialismo, se han reproducido ya en la etapa culminante del proceso de superdesarrollo industrial post-revolucionario ruso bajo la égida del capitalismo de Estado, del cual el mismo Lenin escribió en 1918, que "constituiría un progreso con relación al estado de cosas de nuestra revolución". Y del que con iluso optimismo, en cuanto a los plazos entonces prefijados, vaticinó que, "si por ejemplo tuviéramos establecido aquí en seis meses el capitalismo de Estado, esto sería un éxito enorme y la mejor garantía de que en un año tendríamos en Rusia el socialismo definitiva­mente consolidado e invencible":[32]

 

"Porque el socialismo en efecto no es más que la etapa que sigue al monopolio capitalista de Estado". Y "el monopolio capitalista estatal representa la más perfecta preparación material del socialismo; es el último peldaño de la escalera que conduce al socialismo"[33].

 

Lenin equivocó completamente los plazos de la duración del tránsito entre "el comunismo de guerra" y el socialismo, según él mismo lo confiesa.[34] No previó que los "seis meses" imaginados por él como término del cabal adveni­miento del socialismo en Rusia, sobrepasarían el medio siglo. Ni que aún hoy mismo no solamente se han restaurado y prevalecen las normas económicas del sistema capitalista estatal en la Unión Soviética, sino que debido a ellas su gran desenvolvimiento industrial ha culminado en la superior y "más alta etapa" del capitalismo que es la imperialista.

 

Engels había definido a la esclavitud como una forma dominante de producción que superó a la del estado comunal primitivo, y subrayó que "sólo, la esclavitud hizo posible la división del trabajo entre la agricultura y la industria en vasta escala y de ahí la expansión del mundo antiguo, el helénico".[35] Lenin, al seguir este enfoque dialéctico, describe al capitalismo como "un mal con relación al socialismo" pero como "un bien con relación al régimen feudal; a la pequeña producción, a la deformación burocrática que resulta de la dispersión de los pequeños productores".[36] Y prosiguiendo con su argumentación en defensa del capitalismo de Estado decía a los comunistas rusos en 1921:

 

"Desde el momento en que somos incapaces de pasar inmediatamente de la pequeña producción al socialismo, el capitalismo es inevitable como produc­to natural de la pequeña producción y del cambio y debemos utilizar este capitalismo -en particular dirigiéndole en el sentido del capitalismo de Esta­do- como un eslabón intermedio entre la pequeña producción y el socialismo".[37]

 

Este capitalismo de Estado significa, según Lenin, hacer concesiones al capital privado[38] no solamente ruso sino también extranjero. Y al advertir cómo "se comete una porción de errores comparando al capitalismo de Estado y el socialismo",[39] reitera que:

 

"Implantando el capitalismo de Estado en forma de concesiones, el poder de los Soviets refuerza la gran producción contra la pequeña, el elemento progre­sivo contra el reaccionario, la máquina contra el brazo, aumenta la suma de productos de la gran industria de que dispone -retención proporcional- y fortifica el orden económico gubernamental en oposición a la anarquía pequeño burguesa". "Esta política de las concesiones, dirigida con la medida y la prudencia necesarias, contribuiría, sin duda algu­na, a mejorar rápidamente -hasta cierto punto poco considerable- el estado de la producción y la suerte de los obreros y campesinos a costa, naturalmente, de ciertos sacrificios, entregando al capitalismo decenas y decenas de millones de puds de nuestros más valiosos productos"[40] Las concesiones son seguramente la forma más simple, más clara, más exactamente definida, revestida por el capitalismo de Estado en el interior del sistema sovietista. Tenemos aquí un contrato escrito y formal con el capitalismo occidental más culto y más desarro­llado".[41]

 

Ya adelante, en el mismo libro y capítulo, Lenin agrega: "La política de concesiones, en caso de éxito, nos dará un pequeño número de grandes empresas ejemplares, con relación a las nuestras, al nivel del capitalismo contemporáneo más avanzado. Al final de algunas decenas de años -remarca-, estas empresas pasarán enteramente a nuestras manos"...[42] Así "el Estado da en arriendo a un empresario capitalista cierto establecimiento, explotación, bosque virgen, territorio agrícola, etc., que le pertenece. El contrato de arrendamiento es semejante a los contratos de concesiones". Porque "el concesionario es muy fácil de vigilar pero el cooperador muy difícil".[43] Y en cuanto al trato con el capitalismo nacional o extranjero, Lenin en su discurso del 17 de octubre de 1921, ante el Congreso de Educación Política celebrado en Moscú, cuyo contexto aparece en su citado libro El Capitalismo de Estado y el Impuesto en Especies, dijo lo siguiente:

 

"Tomad la dirección económica. Los capitalistas trabajarán a nuestro lado; a vuestro lado estarán también los capitalistas extranjeros, los concesiona­rios, los arrendadores. Ganarán beneficios de mu­chos cientos por ciento, enriquecerán a vuestro lado. Que se enriquezcan, no importa. Pero vosotros aprenderéis de ellos el arte de administrar la econo­mía nacional y solamente entonces sabréis crear la república comunista. Es necesario aprender ensegui­da; todo aplazamiento sería un enorme crimen. Es necesario estudiar esta ciencia. Esta ciencia dura y severa, algunas veces cruel, porque no hay otra solución".[44]

 

Cuando después de la muerte de Lenin, Stalin ávido de poder desencadenó su implacable tiranía contra "la oposi­ción", hasta exterminar sangrientamente a tantos de los principales protagonistas de la insurrección y triunfo de 1917, las tesis leninistas sobre el Capitalismo de Estado y el Impuesto en Especies fueron teóricamente revisadas y contradichas. Stalin, el nuevo asiático "Genghis Khan", -como una de sus víctimas, Nicolás Bukharin, lo llama­ra-,[45] escribió el 25 de enero de 1926, que en 1921:

 

"Cuando Lenin concebía el capitalismo de Estado, como la forma fundamental posible de nuestra actividad económica, ésta era suficiente y satisfac­toria".[46] "Pero hoy ese modo de tratar el asunto ya no basta y está superado por la historia, pues de entonces a aquí los tiempos han cambiado: la in­dustria socialista se ha desarrollado en nuestro país, el capitalismo de Estado ha echado raíces en la medida apetecida y la cooperación que abarca actualmente más de una decena de millones de miembros ha comenzado a vincularse ya a la industria socialista".[47]

 

            Y aquí se apoyó otra de las rectificaciones del "estalinismo" a los dictámenes leninistas sobre el capitalismo de Estado para suplantarlos con la fórmula de "el triunfo del socialismo en un solo país".[48] Ya desde su polémica con Trotsky en 1924, al rechazar el enunciado de "la revolución permanente" como "una variante del menchevismo"[49] -o como "la desesperación permanente"-,[50] Stalin esgrimió la tesis de que no era necesario "el apoyo estatal di­recto del proletariado europeo para mantenerse en el poder", tal lo preconizaba el planteamiento trotskista.[51] En 1929, año llamado por él "del gran viraje",[52] Stalin declaró: "Marchamos a todo vapor por el camino de la industrialización hacia el socialismo dejando a la zaga el atraso secular de la vieja Rusia".[53] Así, siempre invocando a su placer y conveniencia a Lenin, Stalin dejó atrás la concepción leninista del capitalismo de Estado. En 1933 había hecho el balance del primer "plan quinquenal"[54] y en 1936 exaltó la nueva Constitución de la URSS en un discurso que revisa el cuadro de la economía soviética desde la abolida NEP leninista hasta la revisada por él, en la cual, según su decir, "la explotación del hombre por el hombre ha sido suprimida".[55]

 

Fue entonces cuando Stalin desafió "la ola fangosa del fascismo que vomita sobre el movimiento socialista de la clase obrera y pisotea en el lodo de las aspiraciones democráticas los mejores hombres del mundo" (sic).[56]

 

Pero tres años después -como ya se ha referido- se celebraba en Moscú la alianza nazi-soviética, después del lapso de las sangrientas "purgas", de los años treintas, que ejecutaron a millones de kulaks y a todos los dirigentes de la oposición anti-estaliniana, cuya dramática denuncia ha dirigido al mundo el sabio soviético Andréi D. Sakharov, llamado "el padre de la bomba de hidrógeno".[57] A aquel pacto claudicante siguió -repitámoslo- el que en­filó en un mismo frente vencedor a Rusia con el Imperio Británico y los Estados Unidos. Cuando Stalin hubo de transar con la Iglesia Ortodoxa rusa y disolver la III Interna­cional aferrándose a un exaltado nacionalismo eslavo de "defensa de la patria".[58]

 

A la muerte del tirano, en marzo de 1953, "los amos interinos fueron reemplazados... pero el régimen anti-pueblo de Stalin quedó igualmente cruel y al mismo tiempo dogmáticamente estrecho y ciego en su crueldad", comenta Sakharov.[59] En el XX Congreso del Partido Comunista Ruso -14 al 25 de febrero de 1956- Nikita Khruschev, uno de los adláteres de Stalin, en un sensacional informe, cuyo íntegro contexto nunca ha sido revelado, denunció algunas de las atrocidades cometidas por el déspota georgiano "quien se creyó un super-hombre en posesión de dotes soberanas similares a las de un dios".[60]

Las revelaciones de Khruschev, a despecho de que por su carácter "secreto" sólo fueron fragmentariamente publica­das, acusaban a Stalin:

 

"De haber violado brutalmente" los principios de Lenin sobre 'centralismo democrático' y 'dirección colegiada'. Lo responsabilizaban "de haber poster­gado durante 13 años la reunión de los congresos comunistas rusos, entre el XVIII, de marzo de 1939, al XIX, de octubre de 1952: de haber ejercido represiones en masa contra la mayoría de los miembros del comité central; de haber arrestado y fusilado al 70% de los miembros y candidatos elegidos miembros del comité central y del partido en el XVII congreso con procesos 'manipulados' y 'confesiones arrancadas por la violencia'. 'Camara­das de probada fidelidad fueron bárbaramente ejecu­tados'. Se instauró la tortura: 'Casos clamorosos fueron inventados con pruebas falsificadas y basta decir que desde 1954 la Corte Suprema ha rehabili­tado a 7,679 personas pero en gran parte se trata de rehabilitaciones póstumas".[61]

 

En este impresionante discurso de Khruschev, calificado benignamente por el oficialismo comunista "la tesis contra el culto de la personalidad", o del individuo,[62] quedaron demostrados:

 

"el inhumano carácter del estalinismo, las repre­siones de los prisioneros de guerra que sobrevivieron en los campos de concentración fascistas y fueron después lanzados a los campos de concentración estalinistas; el criminal exilio de pueblos enteros condenados a una muerte lenta y la tenebrosa y zoológica clase de anti-semitismo que fue característica de la burocracia estalinista y de la N.K.V.D. -de Stalin personalmente-, por la "ukranofobia" carac­terística de Stalin y las leyes draconianas para la protección de la propiedad socialista -que condena a cinco años de prisión el robo de un poco de grano en los campos-, tal escribe el eminente científico soviético Sakharov.[63] Quien se declara obli­gado "a valorar altamente el histórico papel de Khruschev a despecho de sus lamentables errores en los años subsecuentes y del hecho de que Khruschev mientras Stalin vivió fue uno de sus colaboradores en el crimen y ocupó numerosos puestos influyen­tes".[64]

 

Las denuncias del XX Congreso de 1956, repercutieron devastadoramente entre los partidarios del comunismo internacional, originando divisiones y disputas que han deteriorado irremediablemente su unidad. Pero fueron coevas de la nueva política preconizada por Khruschev, portavoz de la "coexistencia pacífica con el mundo del capitalismo occidental". La Rusia de postguerra, ya como una superpotencia más del grupo mayor de los países desarrollados de la era atómica, coexiste, negocia, comercia y transa políticamente con los del orbe burgués.[65] La revolución castrista de Cuba, iniciada como movimiento democrático, "que ha terminado entregándose al dominio dictatorial totalitario de Moscú", marca el primer paso concreto de la avanzada imperialista rusa en Indoamérica con la implantación de un protectorado soviético en nuestro hemisferio. A tiempo que los enconados antagonismos ideológicos de los dictadores soviéticos con la China revolucionaria -ésta también en el camino de la utilización bélica de la energía nuclear- a quienes ahora acusa de "revisionistas" copartícipes del imperialismo occidental y de proditores del marxismo canónico, abre grandes interro­gantes al futuro de la problemática internacional.

 

Desprendida, empero, de la triada doctrinaria soviética -marxismo, leninismo, estalinismo- la parte que en ella impuso Stalin carismáticamente con su nombre, Rusia ha reivindicado la forma originaria superior del capitalismo de Estado, en su categoría y dimensión actual, de auténtica y escueta doctrina leninista.

 

De esta suerte la acelerada industrialización estatal ha llevado a la Unión Soviética a "la etapa superior del capitalismo" que es la misma fase imperialista, descrita por Lenin, en su análisis de la obra de Hobson, y que fue lla­mada por Rosa Luxemburgo su "etapa final".