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EL ANTIMPERIALISMO Y EL APRA
V. El Frente Único del APRA y sus Aliados

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Equipo de Trabajo de la Edición en Internet
Índice
Portada de las Ediciones de Editorial Ercilla
Nota de la Editorial Ercilla a la Primera Edición
Nota de la Editorial Ercilla a la Segunda Edición
Portada
Dedicatoria
Mención Fraternal
Nota Preliminar a la Primera Edición
Nota a la Segunda Edición
Nota a la Tercera Edición
Nota a la Cuarta Edición
Nota a la Quinta Edición
I. ¿Qué es el APRA?
II. El APRA como Partido
III. Qué Clase de Partido y Partido de qué Clase es el APRA
IV. El APRA como un solo Partido
V. El Frente Único del APRA y sus Aliados
VI. La Tarea Histórica del APRA
VII. El Estado Antimperialista
VIII. Organización del Nuevo Estado
IX. Realidad Económico-Social
X. ¿Plan de Acción?
Apéndice. Artículos 27 y 123 de la Constitución Política de México, del 31 de enero de 1917

            En la tercera parte del artículo "¿Qué es el APRA?", está escrito:

"El APRA organiza el gran Frente Único Antimperialista y trabaja por unir en ese frente a todas las fuerzas que en una o en otra forma han luchado o están luchando contra el peligro de la conquista que amenaza a nuestra América".

 

Frecuentemente se nos han planteado a los apristas estas preguntas: ¿El APRA es Partido o es Frente Único? ¿Puede ser las dos cosas a la vez?

 

Antes de responder, completemos la lectura del párrafo arriba citado:

 

"Cuando a fines de 1924 se enuncia el programa del APRA, presenta ya un plan revolucionario de acción política y de llamamiento a todas las fuerzas dispersas a unirse en un Frente Único".

           

El APRA es un Partido de bloque, de Alianza. Esto quedó ya demostrado al formularse las bases de su estructuración en los capítulos anteriores. Hemos presentado como caso de semejanza el Partido Popular Nacional Chino o Kuo-Min-Tang originario, que también ha sido un partido antimperialista de frente único. Recordemos que aún en los países más avanzados económicamente se dan casos de partidos de izquierda que constituyen vastas organizaciones de frente único contra el dominio político de la clase explotadora. El Labour Party inglés es eso.[42] No sólo agrupa a obreros y campesinos: incluye en su frente a un vastísimo sector de clases medias pobres y alía bajo sus banderas a numerosas agrupaciones y tendencias. Al ejemplo del laborismo inglés podrían agregarse muchos otros casos similares de partidos de izquierda en Francia, Alemania, Países Bajos y Escandinavos. Y si en las naciones industriales europeas, donde los proletariados son antiguos y numerosos, ha sido necesaria la alianza de clases proletarias, campesinas y medias -formando frentes comunes bajo disciplinas de partido-, en Indoamérica por las condiciones objetivas de nuestra realidad histórica, lo es mucho más.

 

El APRA debe ser, pues, una organización política, un partido. Representa y defiende a varias clases sociales que están amenazadas por un mismo peligro, o son víctimas de la misma opresión. Frente a un enemigo tan poderoso como es el imperialismo, deviene indispensable agrupar todas las fuerzas que puedan coadyuvar a resistirlo. Esa resistencia tiene que ser económica y política simultáneamente, vale decir, resistencia orgánica de Partido. Como tal, el APRA debe contar con su disciplina y sus tácticas propias.

 

Hemos dicho en el capítulo anterior que la lucha contra el imperialismo es, también una lucha nacional. Conviene recordar que así como hay clases sociales permanentemente atacadas y explotadas por el avance imperialista, las hay que son sus víctimas temporales. Una gran parte de nuestra burguesía en formación presenta ese carácter. Por eso, el APRA puede aliarse con ellas en un frente transitorio, mientras sea necesario sumar sus esfuerzos a la defensa común. Vale recordar que la etapa de lucha nacional contra el imperialismo se presenta en todos nuestros países y ha de durar todavía algunos años.

 

            Precisando esta posición del APRA, la revista Atuei, de La Habana, inspirada en las normas doctrinarias del aprismo, acaba de publicar un interesante artículo de tesis sobre nuestra concepción realista del Frente Único con relación a las burguesías nacionales amenazadas por el Imperialismo. Párrafos importantes del artículo son los siguientes:

 

"Es falso, absolutamente falso que el APRA prescinda de la burguesía en la lucha contra el imperialismo. Se propone, por el contrario, utilizar en favor de la causa que propugna toda desavenencia surgida entre el capitalismo nacional y el capitalismo norteamericano. Está lista para actuar en todo conflicto que se produzca entre el imperialismo yanqui y la burguesía criolla para debilitar al enemigo máximo, para embotar sus armas. Procurará por todos los medios lícitos que la burguesía nacional sirva a los fines que ella persigue, pero no cree lógico formar un frente único con esa burgue­sía, ni constituir organismos para la dirección de la lucha en que esté representada esta clase, para prodigar sus fuer­zas, luego en tratar de adquirir por medio del engaño y de la intriga subterránea la dirección efectiva de esos organismos. Sobre todo considera estúpido, infantil y deleznable enunciar a todos los vientos el propósito de engañar al burgués, por­que si bien este anuncio impide que el proletariado se des­oriente, sobre el objetivo que se busca, pone en guardia al aliado que se desea utilizar y dificulta todo pacto. Frente a esta táctica de niños, frente a esta estratagema pueril, que descubre al enemigo el lazo que se le tiende, el APRA aconseja un procedimiento racional. Crea organismos homogéneos de fuerzas contrarias al imperialismo, da por base a su esfuerzo el reconocimiento de la lucha de clases, reúne bajo sus banderas a todos los explotados y celebra con las fuerzas burguesas -transitoriamente antimperialistas- convenios transitorios, sin confundirse con ellas, precisando en cada caso el alcance del pacto, su duración y su objetivo. Ni engaña al burgués ni facilita a éste el conocimiento de sus se­cretos, de su disciplina, de sus agentes. Tal práctica tiene una ventaja: evita que el burgués se acostumbre a unirse. En Cu­ba, cuando el colono reclame al hacendado yanqui siete arrobas de caña de azúcar en lugar de seis, el APRA pondrá todas sus fuerzas a la disposición del colono, pero en modo algu­no le dará entrada en su organización. El colono es, también, enemigo del yanqui; pero de manera transitoria. Es, también enemigo del APRA y se enfrentará contra ella cuando el yan­qui satisfaga su demanda. Es más, en cualquier instante de la lucha e inevitablemente después de ella será aliado del imperialismo".

 

Donde el APRA no puede actuar como Partido actuará como grupo y organizará el Frente Único Antimperialista, y ahí donde exista como Partido siempre tenderá a organizar el Frente Único bajo su dirección, aliándose con las fuerzas transitoriamente antimperialistas. La tesis aprista tan bien explicada por Atuei al referirse al Frente Único, no obstante referirse al caso de Cuba en particular, puede generalizarse y extenderse, ampliada, al conflicto de los imperialismos en los demás países de Indoamérica. El APRA considera al capitalismo yanqui sólo como el más peligroso, por ser el más joven, el más potente, el más amenazador, el más próximo y el que usa las armas políticas de dominio con más libertad. O, para expresarse mejor, el que las ha monopolizado con la arbitraria interpretación de la Doctrina de Monroe.

 

El APRA propone utilizar toda desavenencia entre el capital nacional y el capital yanqui, el inglés, el japonés, el alemán, el italiano, el español, el chino o el sirio, en contra de nuestro enemigo mayor. Nosotros sabemos que el conflicto entre los capitalismos extranjeros existe en Indoamérica. Las leyes de la competencia que presiden la organización capitalista no les permiten sino alianzas transitorias. La beligerancia entre los capitalistas subsiste y se acrecienta. Nuestros países son un inmenso campo de batalla económico para los imperialismos del mundo, particularmente para el inglés y el norteamericano. ¿Perderemos nosotros la oportunidad de utilizar en beneficio de la causa antimperialista la lucha implacable de los capitalismos sobre nuestro suelo? No celebrar compromisos transitorios sería incurrir en "infantilismos de izquierda". Celebrar pactos permanentes como los sugeridos por las Ligas Antimperialistas en el Congreso de Bruselas sería caer en una política reaccionaria y suicida. El APRA sostiene la utilización táctica de todos los medios de defensa antimperialista que puedan descubrirse en el conflicto de los capitalismos, usándolos como avanzadas, pero sin caer jamás en convenios claudicantes. China nos enseña, también, que es peligroso permitir que todos los tentáculos del imperialismo se muevan y aprieten al mismo tiempo.

 

Producida la riña de los lobos, hay que ponerse detrás de los que ataquen al más feroz. Cuando ellos, con nuestra ayuda, hayan destrozado al sanguinario mayor, tendremos más posibilidades de acabar con los que quedan. Sabemos que en el fondo del vasto problema que plantea en Indoamérica el imperialismo, como en el fondo de todos los problemas de la historia, está el antagonismo de clases. Nosotros creemos que es preciso batallar hasta el fin por la libertad de las clases productoras, porque sabemos que su liberación será la liberación definitiva de nuestros pueblos. La cuestión estriba, ahora, en saber cómo luchar contra enemigos omnipotentes, y cómo cumplir las etapas precisas de esa lucha. Para la primera gran tarea de defensa nacional, de esfuerzo por la afirmación de la soberanía, y por la unificación política y económica de nuestros países -etapa precursora de la "lucha final"- necesitamos aliados que integren un gran movimiento naciona­lista bajo las banderas del APRA. ¡La causa antimperialista ne­cesita aliados! Aliados más o menos temporales, pero necesita aliados.

 

Constantemente se oye hablar de las posibilidades de una guerra imperialista o entre Estados Unidos e Inglaterra o entre Estados Unidos y el Japón. No faltan gentes que de palabra o por escrito aconsejan nuestra alianza previa e incondicional con los enemigos posibles al imperialismo yanqui. Interpre­tando mal Lozowsky mi punto de vista sobre esta cuestión -conocido por él a través de personas profanas en política, sin duda- me escribía en una de sus cartas ya mencionadas en el segundo capítulo de este libro, la perogrullesca verdad de que no deberíamos confiar en el Japón por ser una potencia tan imperialista como los Estados Unidos. Cualquiera juzgaría insensato que un hombre como Lozowsky tratara cuestión tan elemental. Pero eso denuncia el concepto equi­vocado y desdeñoso que se tiene en Rusia de nuestra ignorancia y de nuestro simplismo. Respondí a Lozowsky que no ne­cesitaba decirme que el Japón era una potencia imperialista; lo que no obstaba para que en un caso dado nosotros tratáramos de utilizar sus contiendas de rivalidad con el imperialismo norteamericano. Porque Indoamérica debe siempre tener presente la posibilidad de una conflagración imperialista en la que, sin duda alguna, los Estados Unidos tendrán que jugar algún papel trascendente. Leonard Wolf en su libro "Imperialismo y Civilización", escribe: "La rivalidad entre el Japón y los Estados Unidos y el problema del Pacífico es solamente uno, entre los muchos ejemplos de esta lucha imperialista por el poder y la preeminencia entre los mayores estados del mundo".[43] Nosotros los indoamericanos no debemos olvidar que en esa rivalidad yanqui-japonesa y en el llamado problema del Pacífico, se juegan nuestros destinos. Sólo una política sabia, realista, previsora, conjunta, "continental" de nuestra parte podría salvamos en tal caso.

 

En un debate público sobre la Doctrina de Monroe, realizado en la Universidad de Harvard en el pasado otoño, entre el profesor Baxter, ayudado después por el profesor Clarence Hearing,[44] algunos estudiantes y yo, sobre la doctrina de Monroe y el imperialismo, uno de los jóvenes defensores de la política imperialista norteamericana me lanzó esta acusación. "Vosotros los latinoamericanos alistaríais con el Japón en caso de una guerra contra nosotros. Por eso es que tenemos que mantener la unilateralidad de la doctrina Monroe abiertamente". La afirmación excesiva y el corolario que de ella trató de derivar mi oponente fue consecuencia lógica de su primera y simplista afirmación. Empero, ella es la prueba de una creencia más o menos vulgar y por ende más o menos extendida en los Estados Unidos. Lo irreal, lo absurdo está en plantear la cuestión en tales términos. La guerra entre los Estados Unidos y alguna otra potencia imperialista o entre los Estados Unidos y varias potencias, o entre los Estados Unidos y toda Europa -como, no por simple alarde profético sin duda, sino por deducciones de orden económico, lo predecía Edison hace pocos meses-, no ha de ser un acontecimiento que pueda sorprendernos. Dentro de la dialéctica del proceso histórico del capitalismo en su etapa final imperialista, predecir una guerra no es hablar como las brujas del primer acto de Macbeth. Más aún, dentro del sistema de relación económico-política de los Estados imperialistas la guerra es inevitable. Lo absurdo es tomar el medio como fin. Aquellos que en nuestros países están esperando que el Ja­pón o Inglaterra en la próxima guerra imperialista venga a salvarnos de las garras yanquis y dejan fatalistamente para entonces la solución del problema de nuestra emancipación, son ingenuos. Nadie nos salvará sino nosotros mismos.

 

La cuestión esencial para Indoamérica es contar con una fuerza política organizada y disciplinada, capaz de señalar con autoridad y certeza la dirección uniforme más realista a seguir en un caso de guerra imperialista. Es de desear que, para entonces, partidos de ideología aprista hayan con­quistado el poder en uno o varios estados de Indoamérica. Desde el gobierno puede marcarse mejor una línea de polí­tica continental en caso de peligro. El poder es también tri­buna eminente para acusar y combatir a los gobiernos y gru­pos cómplices del imperialismo, que en tal caso podrían trai­cionarnos. Porque no debemos olvidar que al producirse una guerra entre los Estados Unidos y cualquier otra potencia rival, la presión imperialista sobre los gobiernos de nuestros países sería muy aguda. Se trataría de envolvernos en el conflicto para aprovechar nuestra sangre y nuestros recursos. El plan lógico, dentro de la lógica imperialista, sería utilizarnos y sacrificarnos en cuanto fuera posible. Se invocaría, tam­bién, en este caso el resobado principio de "la defensa de los intereses de los ciudadanos norteamericanos" y en nombre de él se cohonestarían muchos excesos de poder del más fuerte.

 

Al estallar la próxima guerra imperialista en que los Es­tados Unidos tomarán parte, correríamos grave riesgo, si una política previsora no resguardara la soberanía de nuestros pueblos. Todas las industrias norteamericanas de materias primas con asiento en los países indoamericanos serían codi­ciadas por los enemigos del poder yanqui, que tratarán de atacarlo en todas sus posiciones. Nadie garantiza que noso­tros no fuéramos agredidos como dominios norteamericanos. ¿No lo fueron las colonias alemanas del África? Mientras no adoptemos una política enérgica y realista que nos libre de nuestra situación colonial o semicolonial, gravita sobre Indo­américa el peligro de convertirse en el ancho campo de una gigantesca batalla. Si hoy es el terreno de una implacable lucha económica de la competencia imperialista, en caso de guerra -culminación violenta de todas las competencias del capitalismo- será escenario obligado de una terrible tragedia.

 

Como en la gran guerra de 1914-1918, los adversarios colosales pretenderán sumar a la contienda a todos los países que les están sometidos. Pretextos no faltarán. En la hora en que se juegan los grandes intereses del imperialismo no es difícil erigir mitos y levantar muy alto palabras de orden resonantes y mágicas. La literatura de la guerra tiende siempre a hacerla sagrada y eso no es difícil cuando la propaganda se organiza y se paga bien. Nuevos principios, semejantes a los wilsonianos, empujarían a nuestras juventudes a defenderse de algún "enemigo de la Justicia y el Derecho" que resultaría facturado y satanizado tan pronto como se enfrentara a los Estados Unidos. ¡Se invocarían tantas cosas! "El panamericanismo", "la América joven contra la vieja Europa despótica", y muchos otros temas periodísticos aparecerían en tal caso como el anzuelo moral en que colgaríamos candorosos nuestra neutralidad y soberanía.

                                                       

Sólo una definida conciencia antimperialista en nuestros pueblos podría librarnos del inmenso peligro. Sólo un partido político nacional indoamericano podría formar y conducir esa conciencia. Es ella la que nos guardaría de caer arrollados en una conflagración imperialista, sin más perspectivas que la de ser después de la victoria siervos del poder que resulte vencedor. Porque no lo debemos olvidar: las inversiones del capital imperialista en nuestros países nos convierten en botín de guerra. Económicamente, formamos parte del imperio norteamericano o del inglés. Si los imperios disputan los siervos pagan. Mientras no entendamos esto, no seremos sino como los esclavos de la antigüedad que definía Aristóteles como "rico botín que produce riqueza".

 

La formación de una conciencia antimperialista en nuestros pueblos es, pues, el primer paso hacia su defensa integral. Esa conciencia es económica y política, o para expresarnos con más precisión, es la conciencia del nacionalismo económico indoamericano sin el que nuestros pueblos no podrán conservar su libertad.

 

Contra la demagogia panamericanista, que es el patriotismo continental del imperio norteamericano, debemos im­poner nosotros el nacionalismo económico de Indoamérica. Este nacionalismo sobrepasa la limitada y localista patriote­ría de los voceros del chauvinismo y abarca a los veinte paí­ses que forman nuestra gran nación. Es el nacionalismo que nos enseña que ante el gran interés imperialista de los Esta­dos Unidos del Norte, debemos oponer nosotros el gran inte­rés de los pueblos que forman los Estados de Indoamérica, unidos por la suprema necesidad de defenderse. Y ese nacionalismo económico indoamericano es el que el APRA propugna.

 

Al tratar este tema, es menester detenerse en el análisis de algunos de sus principales aspectos para obtener los enun­ciados afirmativos del nacionalismo económico. Antes de ahora, desde la ilustre tribuna de conferencias de la Univer­sidad Nacional de México sostuve algunos puntos de vista relacionados con esta trascendente cuestión. He de reprodu­cir aquí sumariamente las ideas centrales entonces discuti­das, para llegar a los mismos corolarios optimistas que, sin exageración ni fantasía, nos permiten confiar en una organi­zada defensa de Indoamérica, premunidos de la fuerza moral de nuestro nacionalismo económico. Tomando como posi­bilidad aquellas palabras de Hegel, en su Filosofía de la His­toria -que señalan como un probable destino de las Américas "acaso la lucha entre América del Norte y América del Sur"-,[45] enfocaba la cuestión, imaginando que cien años des­pués del atisbo hegeliano cristalizara en realidad, hoy, co­mencé por formular y defender esta tesis: una guerra entre dos potencias imperialistas no es lo mismo que una guerra entre una potencia imperialista y su colonia económica. Vea­mos:

 

La guerra entre Inglaterra y Alemania o entre Francia y Alemania no fue del mismo tipo de guerra que la reciente lucha entre China e Inglaterra. He referido desde la tribuna que un militar inglés de cierta importancia fue quien al preguntarle yo en los momentos de movilización del ejército británico para China en 1926, si iban a acabar con ese país -lo que no me parecía nada difícil dada la superioridad militar técnica de los ingleses-, me respondió bien claramente: "Buen cuidado tendremos nosotros de disparar lo menos posible. Recordad que nuestros intereses están allá. Recordad que son chinos los trabajadores que aumentan nuestros capitales. Si los exasperamos demasiado, ellos acabarán con nuestros intereses, se irán a sus cabañas a comer un puñado de arroz y vivirán más o menos tranquilos. Entonces el capitalismo inglés tendría pérdidas irreparables". La lucha entre dos potencias imperialistas rivales, es lógicamente una guerra sin cuartel. La guerra entre una potencia imperialista contra otra que le está económicamente sometida, tiene otro carácter e impone diversas tácticas. Los capitales que se invierten en los países coloniales o semicoloniales no van a ser aumentados por trabajadores extranjeros. El imperialismo exporta capitales, pero no exporta obreros ni campesinos. El gran negocio está en la mano de obra barata. El capital que emigra va a ser aumentado por los trabajadores nativos que trabajan por mínimas exigencias. Si esos trabajadores se insurreccionan, toman parte en un levantamiento nacional antimperialista y los ejércitos del país dominante van despiadadamente a exterminarlos, arrasarían rápidamente con sus propios trabajadores y con sus propios instrumentos de trabajo. O crearían en ellos un espíritu de revancha y de rebeldía que acabaría con la tranquila explotación que el imperialismo necesita para prosperar. Esto explica que las potencias imperialistas usen de una táctica de "tira y afloja" con los países imperializados bajo su dominio económico. Esto explica, también, que prefieran corromper a reprimir. Por eso hallan mejor azuzar todas las rencillas interiores, siguiendo la habilísima táctica del divide et impera. Así impiden la formación y el fortalecimiento del espíritu nacional que traería consigo el impulso unánime de rebeldía. En la lucha de pueblos insurrectos contra las potencias imperialistas que los esclavizan, la política del imperialismo queda ante la alternativa del matador de la gallina de los huevos de oro. O se somete a las condiciones que impone la gallina o la mata y pierde todo. Esto nos despeja muchas incógnitas de la historia de las agresiones contemporáneas. Por tal razón, cuando uno de nuestros países o parte de ellos, el más pequeño el más insignificante y el más retrasado se alza audazmente contra el imperialismo, tenemos que comprobar que en esas guerras, palmariamente desiguales, la victoria no siempre sonríe a los más fuertes. Simplistamente considerada la cuestión acerca de cuál país vencería en una lucha entre uno de los de Indoamérica contra los Estados Unidos, evidentemente ven­cería este último. Mas la dialéctica de los hechos no nos da respuesta tan fácil. Caso inmediato: Nicaragua.[46] Alguna ra­zón tendrá la potencia más poderosa de la tierra -alguna razón que no sea ni la piedad, ni la generosidad, ni el espí­ritu de justicia-, para no haber exterminado fulminantemen­te a un país de setecientos mil habitantes. Mirando con aten­ción la táctica del imperialismo en ese país, como en cual­quier otro de los nuestros, en condiciones semejantes, nota­remos que los mayores esfuerzos no están dirigidos a crear resistencias unánimes del pueblo sojuzgado contra el imperio sojuzgante. Los mayores esfuerzos se dirigen a la división interior, a enconar las rencillas nacionales o locales, a empu­jar a los unos contra los otros. Esta política desarrollada en cada país dominado, es concéntrica en Indoamérica. También se emplea para incitar a un país contra otro. Ya está expresado sintéticamente en "¿Qué es el APRA?":

 

"La política de las clases gobernantes que cooperan en to­do a los planes imperialistas de los Estados Unidos, agita los pequeños nacionalismos, mantiene divididos o alejados a nues­tros países unos de otros y evita la posibilidad de la unión política de la América Latina que formaría una nación de ocho millones de millas cuadradas y, más o menos, noventa millo­nes de habitantes.[47] Pero las clases gobernantes cumplen muy bien los planes divisionistas del imperialismo y agitan "causas patrióticas": Perú contra Chile; Brasil contra Argentina; Co­lombia y Ecuador contra el Perú, etc. Cada vez que los Estados Unidos intervienen como amigable componedor o árbitro de graves cuestiones internacionales latinoamericanas, su táctica es fingir pacifismo, pero dejar siempre la manzana de la discordia. La reciente cuestión de Tacna y Arica entre el Perú y Chile, es la más clara demostración de esta política del imperialismo".

 

¿Cómo acometer la obra de destruir las intrigas divisionistas del imperialismo y trabajar por la formación de una honda y definida conciencia nacional antimperialista indoamericana? Podemos dividir la respuesta en dos partes: por la acción política contra el imperialismo que señale como objetivo inmediato la unificación de nuestros países para la formación de un gran frente único de Estados antimperialistas (véase el Cap. VII) y por la acción de propaganda sobre las masas, especialmente sobre las clases trabajadoras, a fin de que la mano que trabaja sea la mano que defienda, demostrando que puede usar del boicot y de la resistencia pasiva o activa, etc. Esta conciencia nacionalista que no encontrando otra forma de calificarla la he llamado nacionalismo económico, debe llevar a nuestros pueblos la convicción de que la riqueza que explota el imperialismo es nuestra y que esa misma riqueza debe convertirse en nuestra mejor defensora. Que si hoy el imperialismo la usa como instrumento de esclavización nacional, nosotros debemos transformarla en arma de liberación. No es necesario insistir más sobre este punto tan sugerente.

 

Para esta obra de despertamiento, de formación de una conciencia de nacionalismo económico, que es conciencia antimperialista, el APRA debe ser el auténtico partido representativo de las masas trabajadoras, a las que debe unificar en un gran Frente. No nos interesa que los trabajadores pertenezcan a organizaciones rojas o amarillas, políticas o apolíticas. Nos interesa que sean trabajadores y que nos ayuden a dar fuerza al gran Frente Único antimperialista. Las antiguas querellas de los comunistas contra los socialistas y contra los anarquistas y contra los sindicalistas; sus pleitos de camarilla y sus odiosidades de fila, hicieron fracasar ruidosamente al comunismo cuando -a través de sus Ligas Antimperialistas- pretendieron formar un verdadero frente único. Las Ligas traían el pecado original de ser organismos comunistas criollos, hijos de madre anémica y herederos de fobias paternas. Por eso hemos visto que organizaciones obreras y campesinas poderosísimas han permanecido al margen de ese intento de frente. Es infantilismo e infantilismo zurdo más que de izquierda, pretender, por ejemplo, que en México la vasta organización obrera unificada bajo las banderas de la C.R.O.M. o de C.G.T.[48] fuera a someterse a través de las Ligas Antimperialistas al Partido Comunista. Como sería que en la Argen­tina o el Brasil, cualquiera de las poderosas organizaciones sindicales apolíticas entraran en la zarabanda comunista oficial a través de cualquier Liga formada exprofeso. Nadie que conozca bien Indoamérica puede negar que esto es absurdo.

   

            ¿Tendrá nuestra causa aliados en los Estados Unidos? En las cartas de Lozowsky, a las que tantas veces me he referido, el dirigente ruso insistía sobre esta cuestión. "Los aliados ló­gicos en los Estados Unidos de las fuerzas antimperialistas latinoamericanas no son sino los obreros norteamericanos. Los intelectuales y otros elementos son falsos aliados, son enemi­gos de las clases trabajadoras. Al responder a Lozowsky so­bre este punto recordé un incidente interesante entre él y Dunne, delegado sindical comunista yanqui durante el Congreso Internacional de la Sindical Roja en Moscú, que presencié co­mo observador designado por los obreros y campesinos del Perú en 1924. Se discutía cierta cuestión sobre los sindicatos de trabajadores negros en los Estados Unidos y Lozowsky pre­sentó su punto de vista de acuerdo estrictamente con las teo­rías leninistas. El yanqui se opuso con razones prácticas. Lo­zowsky insistió. Dunne, hombre impulsivo, le gritó a Lozows­ky: "Eso será posible en Rusia, pero imposible en mi país; si quiere usted una organización como propone, vaya usted a intentarla". Lozowsky desvió el enojo del práctico organi­zador Dunne, con una respuesta punzante: "Iré cuando usted sea Presidente de los Estados Unidos". Muy viva tuve la me­moria de este diálogo revelador cuando respondí a Lozowsky. Teóricamente su punto de vista era indiscutible. Clasistamente el imperialismo explota a las clases trabajadoras coloniales y es deber de las clases trabajadoras del país imperialista solida­rizarse con ellas, puesto que son también explotadas por la misma clase explotadora. Prácticamente, empero, la cuestión ofrece aspectos varios e interesantes.

 

            Las relaciones entre los países imperialistas y los países imperializados traen consigo algunas complicaciones dignas de anotarse. No es posible suponer, por ejemplo, la emancipa­ción de la India del Imperio Británico sin que los efectos de este desprendimiento se proyectaran violentamente sobre la vida económica inglesa por efecto de un desequilibrio pro­fundo que afectaría a todas sus clases sociales. El astuto Lloyd George "un hombre que ha aprendido mucho de los marxistas",[49] según decía Lenin, ha demostrado en su famoso Libro Verde sobre el problema agrario inglés, que Inglaterra importa más del 60%[50] de los alimentos que consume y que la pérdida súbita del imperio colonial británico o la incomunicación por largo tiempo, entre la metrópoli y sus dominios y el resto del mundo, sería de efectos desastrosos. Esto pudo ocurrir durante la última guerra europea si hubiera tenido éxito el bloqueo naval alemán.[51]

 

La doctrina paradójicamente pacifista de Gandhi que ordena a sus compatriotas la no cooperación, habría tenido efectos violentísimos sobre Inglaterra si suponemos que todos los ciudadanos de la India, obedeciendo el consejo de su gran líder, hubieran dejado caer los brazos, negándose a trabajar. Así, los efectos de la resistencia pasiva hindú habrían sido desastrosos en Inglaterra, especialmente en las clases pobres. Es cierto que esto podría haber sido un acicate para la revolución social; pero los obreros ingleses prefirieron observar una actitud de no cooperación, a la inversa, respeto de la agitación en la India.

 

Los carboneros ingleses se han quejado constantemente contra sus compañeros del continente europeo por la falta de solidaridad de éstos, cuando la huelga de trabajadores del carbón en Inglaterra, que fue aprovechada por la superdemanda en las minas concurrentes, cuyos obreros no se adhirieron a la huelga (Francia, Alemania, Checoslovaquia y otros países). Igual queja habían lanzado los obreros continentales de Euro­pa contra los insulares en ocasión anterior. La solidaridad de clases aún entre los  países imperialistas no se manifiesta, pues, tan efectiva. Lo prueba el caso de huelga de los mineros ingle­ses de 1925 y 26 a la que sólo Rusia ayudó efectivamente ante la casi total indiferencia de millones de trabajadores europeos y americanos.[52] Estas quiebras de la solidaridad obrera están determinadas por razones económicas, que es obvio tratar de explicar. "El salario reposa exclusivamente sobre la competencia de los obreros entre sí", dicen Marx y Engels en su Mani­fiesto de 1848, estudiando una faz de la evolución del proletariado. Con motivo del aumento de producción de armamentos en Inglaterra durante la movilización de tropas a China en 1927, los obreros de las fábricas de material de guerra de las cercanías de New-Castle, se negaron a cooperar al movimiento obrerista en favor de "manos afuera de China", iniciado por los laboristas. Los obreros percibían en aquella época de ur­gencia un aumento de salarios. Es evidente que tales fracasos de la solidaridad clasista son transitorios. Pero existen, se producen y repiten y, en algunos casos, se prolongan por largo tiempo. Se manifiestan particularmente en los países en donde el capitalismo es incipiente o ya declina y donde la desocupa­ción hace más angustiosas las condiciones de los proletarios. En ambos casos se revela como una forma de egoísmo colec­tivo nacional, de miedo a perder posiciones codiciables, ya por su abundancia, ya por su escasez. Esto es muy de notarse actualmente, en algunos países de Europa.

 

            En los Estados Unidos, la "edad dorada" capitalista per­mite cierto bienestar a la mayoría de los trabajadores. A ese bienestar contribuye "el trabajo que no se paga" a los esclavos del imperialismo norteamericano en todas las regiones del mundo. Este beneficio es indirecto o directo. Indirecto porque la multiplicación fácil y rápida de los capitales yanquis invertidos en el extranjero, lleva a los Estados Unidos una contribución de riqueza enorme que se traduce en bienestar nacional, en un alto standard de vida capaz de abarcar eventualmente hasta las clases proletarias; y directo, cuando los obreros yanquis que trabajan en una misma compañía, que explota, también, a trabajadores nativos en Indoamérica, en Asia y Oceanía, paga la diferencia de salario mayor a su obrero en Estados Unidos con lo que no paga al obrero nativo de cualquier país colonial o semicolonial. Las escalas de salario de los grandes trusts -con actividad dentro y fuera de los Estados Unidos- en petróleo, minas o industrias, revelará al mismo obrero norteamericano su posición ventajosa.[53] Si tenemos también en cuenta la casi total ignorancia que existe acerca de otros países entre las clases obreras de los Estados Unidos y la propaganda nacionalista del capitalismo sobre la superioridad de raza y la misión civilizadora del pueblo norteamericano, comprenderemos que es difícil romper estas vallas y crear todavía efectivos vínculos de solidaridad entre la clase obrera norteamericana y nuestros trabajadores.[54] La acción clasista en este sentido está limitada a los planos muy reducidos del "obrerismo intelectual", pero sin efectiva resonan­cia en las grandes masas. Algún día vendrá, pero hay mucho que esperar mientras tanto. En mi respuesta a la cuestión plan­teada por Lozowsky sobre este punto, le decía que por ahora, teníamos aliados posibles y valiosos aunque fuera transito­rios, en los intelectuales y en algunos representantes de las cla­ses medias norteamericanas. Aliados sentimentales o aliados intelectuales en sentido estricto del vocablo, pero aliados al fin.

 

Debemos observar que en el país que deviene imperialista ocurre un fenómeno semejante al que se produce en el país donde el imperialismo llega: las clases medias sufren el ri­gor del desplazamiento o del choque. Lo sienten en sus efectos económicos; son siempre las clases menos favorecidas por la transformación del capitalismo. En las épocas de crisis, se hunden grandes sectores de las clases medias. "Del médico, del jurisconsulto, del sacerdote, del poeta, del sabio han hecho trabajadores asalariados", escribían Marx y Engels en la pri­mera parte de su inmortal Manifiesto, hace 80 años. Es fá­cil, pues, encontrar en ciertas zonas de la clase media norteamericana aliados para nuestra causa. No aliados permanentes, pero sí aliados que en un momento dado ofrecen coope­ración: escritores, profesores, estudiantes, religiosos pacifistas, forman por ahora la mayoría de los norteamericanos in­teresados en nuestra suerte. De sus filas han salido algunos decididos propagandistas sinceros y capaces del antimperialismo. Creo que es a través de estos aliados que nuestra causa puede llegar a interesar a las masas. El Partido Comunista Norteamericano y su Liga Antimperialista de las Américas o Panamericana han revelado demasiado su filiación política de beligerancia mundial, para encauzar un vasto movimiento de masas en los Estados Unidos hacia la solidaridad con la causa de nuestros pueblos. Dentro de sus filas, no muy numerosas, organizan aparatosas protestas que sólo sirven a los agentes imperialistas y a su prensa para presentarlos como demostración y prueba de que las protestas indoamericanas contra el imperialismo son manejadas desde Moscú.

 

Mientras que la agudización de la crisis capitalista no repercuta en las clases proletarias norteamericanas, hasta despertar en ellas solidaridad con los trabajadores de Indoamérica, nuestra causa antimperialista necesita mucho de sus aliados intelectuales en los Estados Unidos. Hasta ahora los mejores libros contra el imperialismo norteamericano -digámoslo con franqueza- han aparecido en Norteamérica. Y vale recordar que si todavía hallamos en nuestros países, políticos y "patriotas" que niegan la existencia del imperialismo y sus peligros, son los mismos intelectuales norteamericanos los que nos lo advierten. Para quienes lo duden, copio estos párrafos enérgicos escritos por Mr. Samuel Guy Inman, catedrático de la Universidad de Columbia: "En los más pequeños países de la América Latina, controlados por nuestros soldados, nuestros banqueros y nuestros reyes del petróleo, nosotros los norteamericanos estamos desenvolviendo nuestras Irlandas, nuestros Egiptos y nuestras Indias. La política de los Estados Unidos en América Latina, con su combinación de pagarés, de sus barcos de guerra y de su diplomacia del dólar, es esencialmente imperialista y significa la destrucción de nuestra propia nación, exactamente como se destruyeron Egipto, Roma, España y Alemania, y todas las otras naciones que quisieron medir su grandeza por sus posesiones materiales, antes bien que por su pasión por la justicia y por el número de sus vecinos amigos".[55]

 

           

Notas



[42]    G. D. H. Cole, History of the British Working Class Movement. London. 1926. Vol. II.

 

[43]    Leonard Wolf, Imperialism and Civilization. Harcourt. Edit. New York, 1928, pág. 29.

 

[44]    Este debate se realizó en Harvard el 25 de octubre de 1927. La moción debatida fue la misma que discutimos en el debate internacional universitario de "The Oxford Union Society" el 12 de mayo del mismo año entre una delegación de la Universidad de Washington y una de la Universidad de Oxford. En el Debate de Harvard el orden de los oradores fue el siguiente. Mociona: Mr. Trevor Grimm; opone: Mr. Harry Turkel; sostiene la moción: Haya de la Torre; rebate: el Prof. J. P. Baxter.

 

[45]    Hegel. Filosofía de la Historia Universal. Fundamentos Geográficos. Revista de Occidente, Madrid, 1928, pág. 186.

 

[46]    La lucha de Sandino frente a la invasión yanqui.

 

[47]    Véase las notas 4 y 5 al primer capítulo (páginas 61 a 64 de la presente Edición en Internet).

 

[48] Confederación Regional Obrera Mexicana y Confederación General de Trabajadores. La Primera sostiene las reivindicaciones sociales de la Revolución Mexicana. La segunda es organización sindical anarco-apolítica.

 

[49]    Lenin. El Comunismo de Izquierda. Edición castellana. Traducción de Gabriel Trilla. Biblioteca Nueva. Madrid (sin año). Cap IX, pág. 172.

 

[50]    "A principio de la gran guerra se estimó que la Gran Bretaña recibía cerca del 60% de sus materias alimenticias del extranjero", Edwin C. Nourse American Agriculture and European Market. Primera Edición, segunda impresión. McGraw-Hill Book Co. New York, 1924, pág. 147. En la misma obra encontramos esta referencia: "La extrema dependencia del Reino Unido con relación a su abastecimiento de alimentos del extranjero durante la gran Guerra produjo una detenida discusión sobre una nueva política hacia una mucho más grande tendencia al propio abastecimiento", pág. 175. Sobre producción de alimentos en Inglaterra, véase las estadísticas en la misma obra, pág. 177. Véase, también, el libro de M. Fordham The Rebuilding of Rural England, Londres, 1924 y la, obra de B. H. Hibbard Effects of the Great War upon Agriculture in the U.S. and Great Britain, II parte. New York, 1927, pág. 485.

 

[51]    "Gran Bretaña, tan vitalmente dependiente del comercio extranjero..." J. A. Hobson M. A., The Evolution of Modern Capitalism. The Walter Scott Publishing Co. Ltd., London. Charles Scribner's Sons, New York, 1927. Op. cit. pág. 485.

 

[52]    Conviene recordar que cuando la ocupación del Rhur por los aliados, los obreros alemanes de minas de carbón, reclamaron la solidaridad de los obreros mineros de Gran Bretaña. Pero entonces, el precio del carbón inglés subió y las condiciones de trabajo mejoraron en Inglaterra y Gales, determinando el fracaso de una acción solidaria. Restablecido el trabajo en el Rhur, las minas británicas limitaron el trabajo. Vino el conflicto minero en Inglaterra y entonces los obreros alemanes desoyeron el llamado de ayuda de los obreros británicos. Me hallaba en Inglaterra durante estas huelgas y frecuentemente escuché en las tribunas las más amargas protestas del proletariado inglés y de Gales.

 

[53]    Tomando como ejemplo cualesquiera de las grandes empresas imperialistas con extensión de sus negocios en países coloniales o semicoloniales, hallaremos las notorias diferencias de salarios entre los obreros norteamericanos y los obreros nativos de aquellos países. Existe el "pago en oro" y el "pago en plata", como es bien sabido. La Standard Oil, por ejemplo, paga un tipo de salario a su obrero norteamericano, en los Estados Unidos y otro, mucho más bajo, al obrero mexicano, peruano o venezolano. Y al obrero norteamericano se le hace saber que él en cierto modo es partícipe de las ganancias de la gran empresa, pues su alto salario lo produce, en parte, el lejano trabajador colonial que se somete a una paga mucho menor.

 

[54]    Durante su campaña presidencial de 1928, Mr. Hoover pronunció en septiembre un discurso electoral a los obreros de New Jersey, del que copio los siguientes párrafos: "La administración republicana ha impuesto restricciones a la inmigración, principalmente para proteger al obrero americano. Bajando las barreras de la inmigración, la corriente de aquellos que buscan librarse de la pobreza de Europa crearía una horda de cazadores de trabajo en torno de cada oficina de empleos y de cada puerta de fábrica en los Estados Unidos. La presión de esta corriente rebajaría nuestros salarios a los niveles que tienen en Europa"... "En un caso (con las barreras aduaneras) nosotros protegemos al trabajador americano de la invasión de las mercaderías facturadas en condiciones de bajo standard de vida. Y en otro caso (con las barreras contra la inmigración) nosotros prevenimos los excesos de invasión de trabajadores que vendrían a reducir el salario americano." (Tomado de The Literary Digest, octubre 6 de 1928).

 

[55]     De la revista norteamericana The Atlantic Monthly, julio de 1924.

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